lunes, 3 de junio de 2019

Presentación de Letras a débito

José Luis Nieto

Rafael González y José Luis Torrego















Ante todo gracias a Rafael por su confianza al pedirme me hiciera cargo de esta presentación, a José Luis por confianza y su amistad: Gracias, finalmente, a todos ustedes por estar aquí dispuestos a sufrir estos minutos despiadados de mi oratoria.

TRAYECTORIA

José Luis Nieto es un poeta urbano y del desencanto. Una puntualización, esto no es lo mismo que un poeta del desencanto urbano. Él en ningún momento se siente traicionado o decepcionado por Madrid, que de hecho es el hogar  del retorno final de este su último libro, él se siente desencantado por los amores multicolores que destiñen a los pocos lavados dejándote el resto de tu vida y de tu ropa para la basura. Y sí, ocurre que esos desencantos suceden en Madrid.
José Luis sabe —es amargamente consciente— que el destino de las palabras es recluirse en el olvido, sin embargo, escribe “Un tiempo de adiós” y “Rastros perdidos”.
José Luis conoce la decepción de aquello que fue y el entusiasmo mutilado de lo que acabará no siendo. Sin embargo, escribe “Diario de improvisaciones” y “Cuadros sin colgar”.
Por eso su poesía es bronca y escueta como el whisky, y como el whisky arde en la garganta al beberla directamente de la botella tras escupir el corcho con la boca. Porque así beben los vaqueros solitarios, especialmente cuando son urbanos, más aún si es la medianoche y , obviamente sin más remedio, si montan un caballo de dos ruedas.
Mucha película con final de amor feliz en vena, ¿y al final qué, José Luis?

                        Nos han mentido y nada
                        queda.

Y se confirma:

                        Al final nada
                        nada perdura: ni la huella salvaje
                        de los momentos cabalgados, ni el último
                        poema, ni la sonrisa final
                        de la camarera (…)

Otra característica de José Luis es la de ser poeta sin yo poético. Es él mismo quien está dentro de su obra batiendo el cobre en cada verso, encajando cada tajo en su pellejo,  sufriendo caídas desde un encabalgamiento y apañándose una metáfora como torniquete si acaso le dejan una tregua.
Un poeta sin evasiones literarias ni huidas. Siempre canta y describe su ciudad, natal una vez y cruel muchas, siempre la realidad viciada de paraíso artificial que es Madrid. Cierto que, de vez en cuando, encuentra por el fango nocturno algún zafiro entre los ajos y disfruta de una “sinéresis labial” durante un breve espacio, sin olvidar un momento, eso sí, que todo es espejismo.
Ya en 2011 nos confesaba José Luis que quería hacer un libro de espejos con la materia insulsa de los días. Curiosamente, nuestro amigo el gran Alejandro Céspedes lo hizo realidad literalmente en Topología de una página en blanco.
José Luis no encuentra refugio en el recuerdo. Para él no existe la aspiración a eternidad de lo fugaz que hay en Salinas, la memoria no es el mágico preservar el esplendor en la hierba. Nada de eso, la memoria en Nieto es una visita pesada que te hace enmohecer en la pena de lo perdido, oxidarte en el “sulfuro en las lágrimas”. 
En cuanto a su estilo, muy de la escuela castellana:  su “repertorio es pobre”, no intenta “artesonar su quincalla”.
En 2013 hay un conato de inventar un heterónimo, o quizás un doble para los versos peligrosos: Boris Lubernieff, al que presenta como un ser extraño que se dedica a hilvanar el pasado sobre el presente, a descoser el futuro y a pasear a en soledad por la ciudad a deshoras. Alguien urbanita y decepcionado que recoge esquirlas del minutero, cada una con un nombre de mujer. Y se hace viejo.
Como ven, nos resulta muy familiar el Lubernieff este.
Más aún cuando le vemos sus pensamientos indecisos entre dos opciones para escapar de esa dolorosa existencia: o empadronarse en Nuncajamás como niño perdido, o hacer buenas migas con el tipo del espejo. Tipo que en Letras a débito reaparece en el papel estelar de “El imbécil”. Tan estelar que casi se hace con la titularidad del libro.
Lubernieff y José Luis son “soldados de la rutina”. La rutina es el infierno de los desamados, la inmovilidad pantanosa de quien quiso ser río y fluir. La rutina de los espejos, de las estanterías con citas afiladas, de los marcos con caras que gritan “¡envejeces!”.
Y José Luis, un poeta de diario —o de andar por casa, que se declara él—, nos confiesa sus huidas. El bullicio, el alcohol son para él una tentadora invitación a la amnesia indolora. Toma, sin embargo, con entereza ese fracaso, arrastra esos momentos a sabiendas “como una silla de metal araña el suelo de mármol”. Reivindica la derrota y considera que “ha vencido porque es suya la derrota”. Y también suyo el símbolo y territorio donde ocurrió:

                        Porque la noche es mía.

Vive en lunes y en otoño. En una rutina sin ciclos ni estaciones y llega a la conclusión de que hay una Generación de los Desarraigados, de la que él es miembro vitalicio.
Retornemos a Madrid, la otra constante en su obra. Madrid, “ese cemento en temporal continuo”, desde cuyos “tejados la luna ilumina a un trapecista imaginario que le saca la lengua.” Suena al final más común a una noche de farra.
Y aún así, el viejo desencantado, mil veces trasquilado, insiste y se ve una vez más caminando reincidente bajo ese cielo de plata

                       Como lobo envejecido por la soledad y el hambre
                                                                     queriendo amar.

¿Y qué es la poesía para José Luis Nieto?
Ante todo hay que responder que una vocación. Nunca buscó en ella  vil metal ni laureles dorados, escribió porque necesitaba escribir. Pero la pregunta no era por qué, sino qué. Dejemos que él responda:

                        Volver al recuerdo incandescente de la niñez
                        a la bonhomía de la desesperación descalza.



LETRAS A DÉBITO
           
La nueva entrega de José Luis se posiciona con la confirmación y la advertencia en palabras de Montaigne sobre la inexistencia del yo poético; estos versos son él mismo sin trampa ni cartón.
En cuanto empezamos la lectura sentimos que VUELVE LA NOCHE, no la de evasión en cazas nocturnas, sino esa de lágrimas invernales, la habitada por figuras en pena deambulando por un escenario de rutinas. Vuelven cíclicamente los fantasmas que parecían conjurados ya: el insomnio, el frío, los cuadros por colgar, la ropa sin tender y los monólogos sin réplica. ¿Nombre de la escena? Nos lo dirá después: “el lugar donde las promesas nunca se cumplen.”
El autor nos dice “vengo de”, yo creo que más bien ha llegado.
En TRES NEGACIONES: parece dejarnos el propósito del autor en este libro: “dejo constancia en mi luto de tanto disparate./ Para cuando no sea, / ni vea, / ni tenga.
Al leer OVER THE RAINBOW:      

Deja de escarbar en la culpa […]
Ya no te arraigas […]
En este terreno estéril[…]  
Quema las semillas […]

constatamos que la dolencia sigue siempre siendo la misma: soledad. Soledad que araña febril desde las meditaciones inquietas (a veces matemáticas: dos verdades ficticias entre tres/crónicas quebradas por cuatro…), o metafísicas (hay que preguntar con necedad/las posibilidades de la inexistencia). El Time-out posible sigue siendo el mismo: la resaca del no vivir. Y tras el breve espacio alcoholizado, encontrarse de nuevo el inmovilismo en la herida, la angustia de la desesperanza y una existencia que sólo puede darte un salvoconducto, el que va a ninguna parte.
A mitad de la primera parte, en MODISTOS, el poeta interpela a una segunda persona, a la amada, de forma directa e intimista. El monólogo ha cedido a una confesión sobre las razones de la derrota

                                   Tú y yo somos
                                   sastres sin medidas.

                                   Fragmentos del nosotros
                                    entre agujas y dedales

Pero es un espejismo. No hay diálogo, soledad tan sólo. Y la segunda persona verbal continúa en los poemas posteriores pero en imperativo, en un monólogo interior donde el poeta se acribilla a consejos que sabe que no va a seguir, ni tampoco le salvarían si los siguiese. Es EL FINAL de una partida acabada porque sobraban tahúres. De nuevo las matemáticas: tres son multitud.
El buen salvaje sigue presente. En esta entrega, José Luis sigue creyendo en la infancia y su inocencia, en aspirar a los Niños Perdidos con los que una vez vivió, pero uno ha de crecer a pesar suyo “de larvas a mariposas criminales” (CALMA CHICA).  Nuestro poeta, acepta con oficio el destino de envejecer y lo afronta como un mascarón frente al relámpago, o peor aún, frente al espejo, donde EL IMBÉCIL le mira cada mañana y conquista su territorio, su Nuncajamás, con sus ejércitos senectos y marchitos.
Acaba esta primera parte, “De andar por casa”, con dos poemas de trina estructura similar, membrados sobre la línea pasado-presente-futuro. Un pasado ilusorio y fugaz que quiere ser retenido aun a costa del embuste que lo disfraza de porvenir y pide a lo T. Williams “Hagamos de las mentiras verdades”. Ese es el presente, momento de embriaguez que trata de reventar todo, volar por los aires el pasado y sin ese lastre poder iniciar la nueva vida.
Porque la alegría nunca puede ser presente, sólo un anticipo del futuro. A pagar en costosas letras a débito.
Despedimos así la primera parte del libro, de vida no vivida, llena de guiños cinematográficos, que se anuncian con el poema “Sesión continua” , que se confirman con “REPOSICIÓN” más tarde y que van jalonando el libro con “DESAYUNO CON MANTIS”, “HABITACIONES CON VISTAS”, “OVER THE RAINBOW” y, “AMÉRICA”.
Incluso el autor se atreve a escribirnos el guión de una ESCENA DE INTERIOR cuya iluminación para él y ella es  “un farol que ilumina soliloquios”.
Y comienza la segunda parte, CORRESPONDENCIA SIN RESPUESTA, que trata, en contraposición, de lo vivido, de películas hechas por uno mismo, de viajes y ciudades, de fines de semana emparejados y voluptuosos. Eso es al menos lo que pretenden en apariencia. En realidad, quizá no sean más que el adorno, lo accesorio de un “homecoming”.
¿Cuál ha de ser la última ciudad de esta serie? Madrid. El Madrid que dio los momentos enamorados. Y también el Madrid que dio los infiernos de la rutina, las noches de lobos y la casa encantada, el ahogo y la angustia. La infancia. MADRID es la vuelta a casa.
En realidad, esta Correspondencia sin respuesta es una serie de postales donde el poeta trata de hacer un óleo expresionista con la ciudad y su compañía.
Confirma un verso mío, algo que les confieso he sentido muchas veces, en la elaboración de estas palabras: esa constante coincidencia en sentimientos o imágenes entre mi tocayo y yo y que les he ahorrado porque es prolijo y además hoy es su día. Sin embargo, a esta no me resisto porque está en el mismo espíritu que alienta esta parte del libro. Me ha recordado mi idea de que las ciudades no son las ciudades. Las ciudades son las ciudades y la persona con quien las visitamos. Veamos cómo se ilustra la idea con los poemas de José Luis: Berlín son sospechas a la orilla del río Spree; Nueva York, convencerse de la imposibilidad de encontrarse en el torrente de gente diversa; La Habana, olas que rompen en el malecón sin ningún director de orquesta; Roma, reescribir la estrofa y hablar de un cuerpo abarloado junto a otro; y Madrid…
Madrid es José Luis
Madrid es el compendio de su poesía
y el final de este trayecto:

MADRID (ESPAÑA)              Febrero

Apenas media tarde y ya es una noche vulgar.

Los espectros levitan por los andenes, son devorados por ruidosas lombrices metálicas o se sumergen en las trincheras minadas de portales fantasmagóricos.

            Algún despistado levanta la vista del suelo y sonríe.

Puede que le duelan las alas quebradas, los deseos luxados o algún teorema vital torcido.

¡Qué extraño sonreír por el dolor!

Apenas media tarde y cualquiera es una noche, un agujero negro de materia rutinaria.

            A través de los cristales recuerdo que alguna vez fui un astrónomo incomprendido
que corría detrás de las estrellas.
Que corría entre callejuelas descuidadas y faldas de colegio,
entre perros vagabundos y árboles estériles,
entre espectros de los andenes y ángeles rotos.

            No existes.

Nunca has debido de existir porque nunca te he tenido.

Y en esta tregua donde ya no queda mundo para encontrarte
mis restos cansados reposan en la soledad de esta habitación.

            He vuelto a casa.

            Como siempre.

José Luis Torrego

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