martes, 20 de marzo de 2018

Reseña de Cruzar puertas traseras

Reseña en Diario de improvisaciones

Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos, los proyectos o, incluso, las ilusiones, nos constituyen.
Las palabras que ilustran la contraportada balizan la situación que nos encontraremos cuando la ruta de la lectura de este libro nos derive a la tormenta.
Cruzar puertas traseras no es un huir de los hechos principales que catalogan la existencia. De hecho, es un afrontar la realidad onírica que marca el tercio de varas con el que nos castiga la vida. No, no huye el poeta de su viaje: descubre su rostro para dejar que lo golpee la rabia de lo cotidiano.
Cruzar puertas traseras es un libro maduro, real. Cincelado a golpe de recorrer etapas que nunca se dan por perdidas, de respiraciones asfixiantes que nunca ahogan porque se puede con/contra ellas.
No hay que mostrar, se lee en Rafael: hay que sugerir. Hay que bucear dentro de sus letras para llegar al fondo de sus sentimientos y aguantar la apnea en unas imágenes que oxigenan a pesar del efecto de angustia que traza en pinceladas.
Ventanas entornadas, Alcobas paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros. Cuatro partes adjetivadas que catalogan un todo con la sutileza de un pintor de miniaturas, delineando, milímetro a milímetro, las ojeras de un héroe diminuto. Héroe cotidiano que habita moradas internas y vive en metáforas que, a veces, no son bellas ni ideales.

        Acecho

Desde aquí,
donde átomos invisibles generan
una red de transparencias,
observas un afuera
que no es sino un espacio
de interiores desterrado.

Y desde ese universo
te responde tu propia mirada,
convertida ya en simulacro
de pupilas ajenas
que se deslizan sinuosas
y fugaces por la frontera
de una calle;
                    la misma
que te reta a descifrarla.

La calle, la acera, la alcoba, la puerta, las paredes, el tabique, la ventana, las escaleras, el portal...
Los elementos cotidianos de un edificio son las mantas que nos cubren, la piel que nos cobija, 
los pasos que nos llevan y el camino que afrontamos.
En la superficie: el personaje, el amor y la soledad (aunque sea multitudinaria).
En el fondo: un excelente libro de una nueva etapa.
En lo profundo: el poeta desnudo.
En todo: la palabra y la imagen.

Te delata tu olor:
un estigma de cloro
y fibra lacaya.
La herrumbre te acusa
en un aquelarre
de pasado y deshonor,
y un tesoro de polvo
seduce a las acuarelas de
las flores marchitas.
Eres la esencia de
los colores fenecidos y
de las frecuencias
disipadas en rumores.


José Luis Nieto Aranda

martes, 13 de marzo de 2018

Presentación de Torno al corazón

Rafael González y Federico Monroy

“Amo la vida con saber que es muerte” nos dejó escrito Quevedo, y esta cita se me viene a la memoria después de la lectura de “Torno al corazón”, el libro que, lector, te dispones a leer, un libro de erudición pero de temblor, un libro que trata de adoptar cierta frialdad –la frialdad del que sabe soportar sin alharacas los desmanes del tiempo- pero que sucumbe, afortunadamente, a la emoción.
La muerte, motor de la vida, campea derrotada entre estos poemas donde la vida se señorea en los brazos del tiempo, que es a la vez su hábitat y su tumba. No hay otra manera de vivir que no sea muriendo constantemente, y lejos de sucumbir a esta pérdida insoslayable, la poesía de Federico se eleva plena de sentido, de argumento contra la desazón.
El recuerdo –la madre muerta, al fondo, velada, como hilo conductor del libro-, el amor, la infancia, aparecen aquí contados y cantados con la voz calmada y rigurosa de la buena poesía. Voz calmada y rigurosa, dos adjetivos que explican muy bien a Federico Monroy. Muchos cafés en el Parador Nacional de nuestro pueblo, mirando al horizonte desde la Peña altiva, han ahondado en nuestra amistad hecha de versos y recuerdos comunes.
Recuerdos que usted puede ahora leer, embellecidos por la palabra y donde podrá asomarse, con ternura y temblor, al corazón de un poeta. 
                                                               Pedro Sevilla

Federico durante la lectura