lunes, 10 de junio de 2013

Feria del Libro 2013


¡Gracias! a los que os pasasteis y a los que, no pudiendo, me disteis ánimos. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Presentación de Diario de improvisaciones


Rafael González, José Luis Nieto y Francisco Caro
En alguno de aquellos jueves florentinos del siglo XIV, en aquellas horas primeras de la tarde, cuenta Massimo Novello que Boccaccio de Certaldo  les dijo que el trabajo del poeta semeja al de un arqueólogo, ya que el libro de la vida fue destruido por los dioses en multitud de pedazos, que fue Hermes el encargado de repartir los fragmentos (aprovechando vendavales) por caminos y arroyos, por bosques y marinas; que desde entonces los hombres intentan recopilar retazos, palabras, con que reconstruirlo. Que algunos no cesan en esa labor, y se llaman a sí mismos, o son llamados, poetas, y que a pesar que cada pieza significa algo distinto para cada uno de ellos, en ocasiones parecen encontrar sentido a lo que con afán recomponen y a eso le llaman verdad, o le llaman belleza, o le llaman poemas. Tal es la maravilla, tal la imposible e inalcanzable tarea que los dioses dejaron, nos dejaron, y que ha encandilado y encandila a gentes de cualquier latitud.
También sucede que en estas tardes madrileñas de principios del siglo XXI, hay gentes que siguen la tarea, bien bajo el olivo sacro, bien a través de los cristales que doman las oficinas. Y como esa búsqueda no está exenta de dificultades, o de extravíos, deciden anotar en papeles electrónicos los miedos, los obstáculos, las contradicciones de tal búsqueda. Y optan por hacerlo público, por contarlo a los demás. O sea, fijar las cuartillas con chinchetas a la pantalla universal que es un blog. Tal es el caso de José Luis Nieto Aranda, poeta a tiempo real, compañero de búsquedas, quiero decir rastreador de sorpresas y emociones, reconstructor. José Luis mantiene, como bien sabéis, abierto a nuestros ojos un mural con el título de Diario de improvisaciones. Dietario íntimo, casi diario. ¿Dietario? ¿diario? No es el caso detenernos en las escolásticas diferencias entre ambos términos. Y que, por si a alguien le interesa, se refieren a la influencia que las provocaciones exteriores tienen en su génesis, al origen de los textos y a su voluntad de publicidad. Llámese como se llame. Dietario o Diario, digamos pronto que José Luis, cuando lo escribe, escribe de él, de su persona, escribe porque le es necesario, y escribe de poesía.
Escribir poesía significa cruzar los bosques, no temer a las fieras, que dijo el de Yepes,  sentir, imaginar rincones en esquinas, nubes tras cada nube… caminar desde lo concreto a lo abstracto cada mañana, y cada tarde regresar por la inducción hacia la exactitud que nos duele. Andar pausadamente el filo y la humildad de lo no hallado. Así ha logrado José Luis reconstruir poemas, atendiendo a los síntomas que muestra la realidad, su realidad. No para curar, no para informar, no para lograr comprender lo que le pasa sino para hablar con aquello que le ocurre y jamás le abandona. En esta labor se sabe frágil, en sabida deriva, un pequeño objeto de cristal entre urbanas multitudes. Tal vez por eso decidió un 22 de mayo de 2009 refundarse en ese alter ego que llama Boris Lubernieff.
José Luis ha querido fijar en el texto que abre el libro el retrato de Boris Lubernieff, su retrato, un retrato expresionista a la manera de  Kirchner o  Kokoschka, paisaje de trazos fuertes, distorsionados, certeros, de forzados colores y con la luz desierta. Luego en los siguientes textos del libro que nos ocupa, que hoy presentamos, nos ofrece el escenario sentimental que guarda, ilumina y protege su intención. Dicen que además del lenguaje, son el paisaje y el hombre quienes hacen al poeta.  Y su curiosidad intelectual. Quienes esto afirman pueden tomar a Diario de improvisaciones como paradigma para la defensa de tal afirmación. Con su lectura he recordado los versos de otro José Luis, de José Luis Hidalgo  “Soy el poeta. Me pregunto: / ¿qué es lo que anoche sentí arder”. Porque creo que es lo mismo que debe haberse preguntado el hombre llamado José Luis Nieto antes de cada entrega. Textos que no pueden haber sido escrito sin esa tensión existencial, sin esos desasosiegos que aspiran -tras haberse visto fuego, turbia caniza- a su reconstrucción para poder ser reconocidos. Una hora, un viaje, un lugar, una acción, ellos, la soledad, una fotografía, la certeza segura de la noche, la presentida ruptura, inexplicada,... el rostro niño de una hija, un temblor en la mano de la madre. Cualquier sensación, cualquier destello, abre cualquiera o todas las posibilidades a su voz.  Voz de vientre que no es sino advertencia.
Advierte A. Céspedes que no se debe salir de la poesía indemne, estoy con él, pero leyendo este Diario de improvisaciones puedo decir que no es posible entrar en ella sin saber del daño. ¿Qué impoluto, qué estéril, puede crear auténtica poesía? Tal vez ni siquiera sea posible transitarla sin haber sido sacudido antes por todo aquello que la vida tiene de hija de la gran puta, por todo lo que tiene de señuelo, de canción de sirena, de mazo y látigo, de río de misterios que nos incita a contar mientras escépticamente se vadea.
José Luis Nieto intuye: Boris, su heterónimo, sabe todo esto. Desde tiempo. Y por eso espera en todo cuanto tiene el día de himno o de afán agresor, de excitación salvaje o vituperio, de bandera rizada o de abandono. Y advierte que cada instante de vida hallado está teñido de futura inquietud, de la posibilidad de que tal situación carezca de firmeza y que lo construido sobre ello sea la profecía de otro derrumbe. Y es entonces cuando cuenta. Cuenta con un discurso riguroso, duro, casi siempre teñido por el color indestructible de la tristeza. Una tristeza en estado puro. Ni melancólica ni desesperanzada. En el exacto grado de destilación. Una tristeza que es siempre refugio invulnerable. Coraza y método. Verdad. Una forma decidida de conciencia que busca compresión. Y desde ella alza su poema, ahora, en esta ocasión, libre de la esclavitud del renglón segmentado, libre de una atadura que en ocasiones procura cierta tirantez al decir. Aquí todo fluye sin amo. La tinta es dueña de su cauce y rodea a la elipsis, su figura preferida, con la misma naturalidad y el mismo albedrío con que el agua recorre ahora mi llanura manchega.
Apenas acude a la descripción de lo externo, salvo lo imprescindible para que podamos identificar cada fragmento del libro de los dioses que le ocupa. Luego, cada reconstrucción es un tanteo. Una oferta al Boris que mira por la ventana. Y lee y exige. O lee y tutea. Cada texto es un oferta y un desafío al que lee con él -es peligroso leerse a sí mismo-, al que sube a diario en su moto, al que ama y es norte, al que duda, al joven que se recuerda feliz y entero, al que bebe y provoca, al provocado, al que invierte efecto y causa, causa con efecto, y sabe que es indiferente en ocasiones. Y porque toda definición es un intento de establecer límites, de excluir, de parcelar, en los monólogos público-privados de este Diario de improvisaciones definirse es asunto que descansa en la suma de las emociones. Léanlo al azar, léanlo de forma continuada, como deseen, pero, lectores activos, como son los lectores de poesía, pronto aceptarán que el paisaje está trazado, que tiene más de poliedro irregular que de esfera, y que cada poema es una digresión independiente, aunque sean parte de un mismo haz. Y el haz no es sino el lento recorrido por un intenso territorio interior. Un deambular que busca puerto, solaz, descanso en la posada.
José Luis, y el lector avisado, saben de lo incierto que resultan los rumbos en parajes desolados, saben de la fragilidad de los hitos y de la ambigüedad de las señales. Porque la vida, como la poesía, no son realidades manejables. Vivir, escribir son dos verbos impuestos a cuchillo. Significan rastrear, reconstruir. Rastrearnos, reconstruirnos. Lo último que vivo es escribir, dicen que dijo Boris a José Luis para finalizar Rastros perdidos, su anterior libro. Aquí y ahora, 4 de abril, en este nuevo libro, José Luis mantiene la misma oferta, la que nos ha hecho durante años en su ventana virtual. La que nos hace ahora: depurada, seleccionada, concentrada en papel, en libro fulminante. Lo último que vivo es escribir.
Digamos, para finalizar, que el poeta ha publicado con anterioridad dos poemarios Un tiempo de adiós y Rastros perdidos y tiene otro pendiente y próximo: Cuadros sin colgar, del cual viene dando ligeras pistas. Pero ahora, Celesta, la joven editorial que dirige y mantiene Rafael González Serrano, ha hecho apuesta por este Diario de improvisaciones, del que advierte, en nota de editor, que no debe ser tildado de esa cosa ¿meliflua? que ha convenido en llamarse prosa poética. Habrán visto ustedes que no lo he hecho. Y no hay en ello pasiva obediencia. La verdadera razón es que he leído lo que el editor entiende por poesía, y créanme que algo sabe de esto, lean si no los estudios sobre poetas foráneos que vierte en De turbio en claro, su blog.  Si miran la contracubierta encontrarán que para el editor es poesía todo aquello expresado con nervio, hondura, agudeza y un lenguaje iluminado y fronterizo.  Oyéndonos, ¿estaría contento esta tarde de abril Boccaccio de Certaldo mi maestro, al que nombré al comenzar? Un Boccaccio que, eso sí, me advertiría  de la necesidad, como hago, de darles a ambos las gracias por haberme permitido la alegría de estar, de contar.  Vale.   
 Francisco Caro