miércoles, 12 de junio de 2019

Reseña de Las raíces del velo

Sobre Las raíces del velo de José María Piñeiro, por Javier Puig.

Reseña en Frutos del tiempo, 29/05/2019

Desde su versátil capacidad literaria, y después de seis años, José María Piñeiro vuelve a ofrecernos una amplia muestra de su poesía en Las raíces del velo, editado por Celesta. El poemario está dividido en tres partes, cada una de las cuales, como se dijo en la presentación que tuvo lugar en Orihuela, podría constituir una obra independiente. Esto es así porque hay una suficiente diferenciación, y, dentro de cada una de ellas, una coherencia propia; lo que no obsta para reconocer un nexo común, el que se deriva de la marcada personalidad del autor, y que se manifiesta en esa sensible percepción de “el espectáculo de la vida”, del que exprime su intensidad, aunando, en variables proporciones, lo sensorial y lo intelectual.
En la primera parte, Biografemas, hallamos la rememoración de esos contactos con el mundo que resultan significativos, que se imprimen en el ser desde el impacto emocional, desde el descubrimiento que nunca se deja de repasar para continuar afinándolo con nuevas sutilezas. Se habla aquí del espíritu aventurero de la primera juventud, de las atrevidas incursiones en los parajes prometedores, en los espacios ocultados por el mundo impuesto. Es la intrínseca validez de la experimentación, el alegre juego de avanzar para alcanzarse más allá del previsible uno mismo. Pero también hay poemas intemporales, que reflejan una constante vital, esa arraigada posición que indaga desde el austero hedonismo, la creencia en que lo más contiguo al propio ser, el más adherido límite con lo ajeno, ya revela la inconclusa paradoja de la existencia.
En la segunda parte, Confieso que no he vivido, el poeta se somete a un autoanálisis, revisa su trayectoria vital y echa a faltar una mayor exterioridad, una más completa vivencia de las posibilidades del trayecto humano. Si antes, la retrospección era meramente contemplativa, si la mirada se situaba apartada de un responsable protagonismo, ahora la encontramos atrapada en una valoración severa, implacable, sometida a una estricta regla que no perdona la visión de las carencias, sino que las amplifica; sobre todo, la de un indefinible ser íntimo capaz de acompañar, de compartir, de mullir los propios pasos.
Ahora, ese paraíso concentrado, poco más que casero, se ve como baldío. Ese ámbito querido que tantos momentos de plenitud ofrece, pero al que se le achaca su incapacidad integradora: “… Y los libros inertes que sustituyen a los amigos”. Allí es rara la afectuosa conversación, la viva reciprocidad: “A mí me ha vencido la pereza y la belleza”. Es la mala conciencia por el gozo interior, enclaustrado, pertrechado de exquisiteces: “Tú no puedes saber/ qué laboriosamente me entregué / a no hacer nada y soñar furibundamente”.
Es esa trampa psicológica, la idea de la seria negligencia en la que incurrimos cuando vivimos, casi para nosotros solos, una vasta extensión de tiempo que se nos ha regalado. Hay maneras de calmar esa desazón, la mayoría falsas, y alguna más difícil, que exigiría una actitud extraordinariamente generosa. Pero a veces se vive así porque lo próximo no nos satisface y no sabemos encontrar en nosotros una magnánima anuencia. Tal vez el listón se pone demasiado alto cuando se frecuentan las intensidades, las excelsitudes del arte. Por eso el lamento ante la imposibilidad de encontrar a la mujer vecina, palpable; pero, sobre todo, exacta: “La mujer atractiva de mi época / no habla mi lenguaje o vive en paradero desconocido”. Como cuando se refiere a las actrices que lo han fascinado: “Y yo he ido anotando / todas estas apariciones de bellos espectros / en la lista violeta de mis desolaciones perpetuas”.
Es la sensación de llevar una vida muy intensa en sus entusiastas recurrencias, pero siempre sustitutiva, demasiado protegida, ya lejos de la osadía juvenil: “Esta tarde me he comprado un libro: / el acto erótico supremo del día”. Es la habitación como refugio frente a un mundo que no puede ofrecer sino la decepción ante tan altas expectativas de quien está acostumbrado a relacionarse con lo más exquisito: “Es la dulzura incontaminada de la habitación/…./ y soy melancólicamente feliz / imaginando esa poesía de la redención furtiva”. Afuera está ese: “Confín vertiginoso de rostros y cuerpos / que no se conocen”. Quizá la salida sería alcanzarnos en nuestro ser extendido: “Definir un espacio soberano en el que encarnarnos / y pulverizar los miedos y los dilemas, / y olvidar el olvido/ e intentar, en el otro, rescatarnos”.
En la tercera parte, El flaneur enardecido, el poeta recoge la expresión de su nutritiva confluencia con el mundo del arte, cuando, desde la ajustada soledad se alcanza una sensación de no chirriante pertenencia al mundo, de unidad, aunque siempre sea desde una denodada salvaguarda de lo propio. Aquí se trata de encontrar, entre el barullo del mundo, esas “gemas” salvadoras: “El claror del día concita a los vivientes / bajo la gema de su luz”. ”Examinando las gemas que hace el agua de la fuente / al brotar”, “la gema quieta de la tarde toda”, “mi acopio de gemas y perlas imaginadas / se traduce en esta posibilidad narrativa: / escribir poesía / para hacer rica mi pobreza”, “la fronda te devuelve gemas ovales y susurros convocadores”. En todos estos poemas, José María Piñeiro realiza un recorrido por algunos de los puntos cruciales de su vocación, que es la de apreciar el arte que lo incumbe, el de algunos escritores o músicos reconcentrados en vibrantes atisbos. Pero, junta a esas manifestaciones esforzadas, también está la espontánea realidad que se le ofrece, que él penetra con su actitud deambulatoria. Todo eso que hay que digerir y hacerlo propio, creativamente: “Y nuestro placer y privilegio renovados/ es dar nombre a las cosas, / descifrar lo que acontece, / no cesar de interpretar”. Y eso es algo que no se reduce al juego intelectual sino que trasciende hasta lo emotivo: “Una tarde la belleza me hizo llorar / al convertirse en esperanza”.
La obra de un autor no es la permanencia en una fotografía única, en un momento absoluto. En este poemario se exponen la intuición, la tentación, la duda, la posición humana zarandeada por los vaivenes que impone el tiempo. En Poéticas, esa pieza final, fragmentaria, próxima al aforismo, del que es devoto y maestro el autor, se plasma una de esas pequeñas sabidurías que todos nosotros, de vez en cuando, alcanzamos, pero que no sabemos cómo retener frente a la resbaladiza sucesión de los momentos que nos configuran: “Asegura tu partícula luminosa, / cede a lo que te penetra. / Di tu alucinación, /no juzgues lo que te pasa. / Di lo que te pasa”. Pero José María Piñeiro, en un acto de honestidad, de intento de completud de sí mismo, a veces no se obedece; entonces, se juzga, y se dice a sí mismo que no ha vivido; afirmación con la que no podemos estar de acuerdo quienes apreciamos su obra, pues sentimos que está hecha de una vivencia lúcida, sostenida sobre las intermitencias. En Las raíces del velo encontramos sinceridad, belleza, y un buen puñado de poemas que albergan una preciosa “harmonía”.

lunes, 3 de junio de 2019

Presentación de Letras a débito

José Luis Nieto

Rafael González y José Luis Torrego















Ante todo gracias a Rafael por su confianza al pedirme me hiciera cargo de esta presentación, a José Luis por confianza y su amistad: Gracias, finalmente, a todos ustedes por estar aquí dispuestos a sufrir estos minutos despiadados de mi oratoria.

TRAYECTORIA

José Luis Nieto es un poeta urbano y del desencanto. Una puntualización, esto no es lo mismo que un poeta del desencanto urbano. Él en ningún momento se siente traicionado o decepcionado por Madrid, que de hecho es el hogar  del retorno final de este su último libro, él se siente desencantado por los amores multicolores que destiñen a los pocos lavados dejándote el resto de tu vida y de tu ropa para la basura. Y sí, ocurre que esos desencantos suceden en Madrid.
José Luis sabe —es amargamente consciente— que el destino de las palabras es recluirse en el olvido, sin embargo, escribe “Un tiempo de adiós” y “Rastros perdidos”.
José Luis conoce la decepción de aquello que fue y el entusiasmo mutilado de lo que acabará no siendo. Sin embargo, escribe “Diario de improvisaciones” y “Cuadros sin colgar”.
Por eso su poesía es bronca y escueta como el whisky, y como el whisky arde en la garganta al beberla directamente de la botella tras escupir el corcho con la boca. Porque así beben los vaqueros solitarios, especialmente cuando son urbanos, más aún si es la medianoche y , obviamente sin más remedio, si montan un caballo de dos ruedas.
Mucha película con final de amor feliz en vena, ¿y al final qué, José Luis?

                        Nos han mentido y nada
                        queda.

Y se confirma:

                        Al final nada
                        nada perdura: ni la huella salvaje
                        de los momentos cabalgados, ni el último
                        poema, ni la sonrisa final
                        de la camarera (…)

Otra característica de José Luis es la de ser poeta sin yo poético. Es él mismo quien está dentro de su obra batiendo el cobre en cada verso, encajando cada tajo en su pellejo,  sufriendo caídas desde un encabalgamiento y apañándose una metáfora como torniquete si acaso le dejan una tregua.
Un poeta sin evasiones literarias ni huidas. Siempre canta y describe su ciudad, natal una vez y cruel muchas, siempre la realidad viciada de paraíso artificial que es Madrid. Cierto que, de vez en cuando, encuentra por el fango nocturno algún zafiro entre los ajos y disfruta de una “sinéresis labial” durante un breve espacio, sin olvidar un momento, eso sí, que todo es espejismo.
Ya en 2011 nos confesaba José Luis que quería hacer un libro de espejos con la materia insulsa de los días. Curiosamente, nuestro amigo el gran Alejandro Céspedes lo hizo realidad literalmente en Topología de una página en blanco.
José Luis no encuentra refugio en el recuerdo. Para él no existe la aspiración a eternidad de lo fugaz que hay en Salinas, la memoria no es el mágico preservar el esplendor en la hierba. Nada de eso, la memoria en Nieto es una visita pesada que te hace enmohecer en la pena de lo perdido, oxidarte en el “sulfuro en las lágrimas”. 
En cuanto a su estilo, muy de la escuela castellana:  su “repertorio es pobre”, no intenta “artesonar su quincalla”.
En 2013 hay un conato de inventar un heterónimo, o quizás un doble para los versos peligrosos: Boris Lubernieff, al que presenta como un ser extraño que se dedica a hilvanar el pasado sobre el presente, a descoser el futuro y a pasear a en soledad por la ciudad a deshoras. Alguien urbanita y decepcionado que recoge esquirlas del minutero, cada una con un nombre de mujer. Y se hace viejo.
Como ven, nos resulta muy familiar el Lubernieff este.
Más aún cuando le vemos sus pensamientos indecisos entre dos opciones para escapar de esa dolorosa existencia: o empadronarse en Nuncajamás como niño perdido, o hacer buenas migas con el tipo del espejo. Tipo que en Letras a débito reaparece en el papel estelar de “El imbécil”. Tan estelar que casi se hace con la titularidad del libro.
Lubernieff y José Luis son “soldados de la rutina”. La rutina es el infierno de los desamados, la inmovilidad pantanosa de quien quiso ser río y fluir. La rutina de los espejos, de las estanterías con citas afiladas, de los marcos con caras que gritan “¡envejeces!”.
Y José Luis, un poeta de diario —o de andar por casa, que se declara él—, nos confiesa sus huidas. El bullicio, el alcohol son para él una tentadora invitación a la amnesia indolora. Toma, sin embargo, con entereza ese fracaso, arrastra esos momentos a sabiendas “como una silla de metal araña el suelo de mármol”. Reivindica la derrota y considera que “ha vencido porque es suya la derrota”. Y también suyo el símbolo y territorio donde ocurrió:

                        Porque la noche es mía.

Vive en lunes y en otoño. En una rutina sin ciclos ni estaciones y llega a la conclusión de que hay una Generación de los Desarraigados, de la que él es miembro vitalicio.
Retornemos a Madrid, la otra constante en su obra. Madrid, “ese cemento en temporal continuo”, desde cuyos “tejados la luna ilumina a un trapecista imaginario que le saca la lengua.” Suena al final más común a una noche de farra.
Y aún así, el viejo desencantado, mil veces trasquilado, insiste y se ve una vez más caminando reincidente bajo ese cielo de plata

                       Como lobo envejecido por la soledad y el hambre
                                                                     queriendo amar.

¿Y qué es la poesía para José Luis Nieto?
Ante todo hay que responder que una vocación. Nunca buscó en ella  vil metal ni laureles dorados, escribió porque necesitaba escribir. Pero la pregunta no era por qué, sino qué. Dejemos que él responda:

                        Volver al recuerdo incandescente de la niñez
                        a la bonhomía de la desesperación descalza.