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martes, 4 de agosto de 2020

Reseña sobre Las raíces del velo

CRUZAMOS EL PUENTE DE LOS ESPEJOS CON… JOSÉ MARÍA PIÑEIRO: LAS RAÍCES DEL VELO

Reseña en LoBlanc (30-junio-2020)

José María Piñeiro Gutiérrez (Orihuela, 1963) ha realizado cursos de Filosofía e Historia del Arte a través de la UNED. Es miembro fundador de la revista literaria Empireuma (1985-2007) y colaborador desde hace años en prensa, revistas e instituciones. En 2013 la dirección de la revista Ágora le concedió un premio honorífico al fomento de la lectura por su artículo Que no hayan mensajes va la deriva. También mantiene en internet el blog empireuma.blogspot.com. Es autor del conjunto de aforismos Hilas de papiro (2000) y Ars fragminis (2015). Ha publicado la plaquette de poesía El légamo de las estrellas (1998) y los poemarios Margen armónico (2010), Profano demiurgo (2013). En 2016 publicó Pasajes escritos, una serie de artículos y ensayos que habían ido apareciendo en su blog Micropoesie: Empireuma. Su último libro de poemas, publicado por Editorial Celesta, lleva por título Las raíces del velo (2019).
Acercarse a la obra de José María Piñeiro es sumergirse en un mundo lleno de misterio. Desde muy temprano, la escritura, la pintura y la música han conformado una matriz indivisible, un todo que se manifiesta con distintos lenguajes para converger en un solo punto. Así, sus versos se convierten en refugio y temblor, en una zona creativa donde fundir la propia filosofía con la inventiva y la experiencia poética.
 Desde el propio título, Las raíces del velo trae la confrontación de lo etéreo y lo sólido; la fragilidad, la sutileza y el tacto apenas perceptible de la vida, frente a la fuerza y la consistencia de las experiencias y de todo aquello que constituye la memoria. Un libro que por su estructura bien podían ser tres, pero que el autor unifica desde la perspectiva variable del ciclo vital y las simetrías entre lo real y lo ficticio.
“Con la mirada testificamos cataclismos, la ley misteriosa: / cumplidos los reinos y metamorfosis / todo regresa a su origen. // Artificio y naturaleza confunden así sus demiurgias, / se conjuntan en una única mole / arrojada a los tiempos como memoria del sueño / que abarcó tantas vidas laboriosas”.
Pasado y presente se dan la mano para convivir en un horizonte subjetivo lleno de distancia, de soledad. De esta manera, la madurez facilita la visión y el análisis e incentiva el intelecto que se va transformando en testigo silencioso de lo que le rodea. En las dos primeras partes del poemario, los recuerdos, los amigos, la ciudad y los primeros hallazgos se recrean para dar paso a la reflexión sobre lo que pudo haber sido, sobre los deseos y las expectativas que se quedaron en un rincón del corazón.
“Ahora que el futuro ya pasó, / y sé que la casa frente al mar se derruyó antes de construirse, / y que la mujer de mis sueños en estos, perdida, flota, / no me queda sino la invitación precisa del ahora, / seguir soñando para potenciar el instante / y a mi propia imaginación, / dialogar con los libros / y agradecer este sol y esta tierra edénica / en donde disfruto de la hierba y de las blandas tardes”.
El anhelo, la fascinación y la belleza estructuran un confinamiento voluntario en el que la ausencia de amor, la búsqueda y el propio desconcierto conversan hasta dar sentido a la existencia. José María Piñeiro nos adentra en sus propias complejidades para llegar a la observación crítica sobre la idea y lo sensible, sobre la realidad perceptible y los parámetros de la razón.  La poesía se sumerge en la filosofía, o viceversa. Un camino de dos direcciones. Quizá el centro de la circunferencia.
“Desaparezco cuando reprimo la expresividad / por un diplomático enunciado, / cuando ante los libros, / dispersos por mi cama, / creo potenciar la memoria del pensamiento / con tan solo contemplarlos con orgullo. // Desaparezco cuando sé que la aventura de un cuerpo / no puede consignarse / a través de la mera audacia intelectiva / y me obstino en sublimar ese deseo”.
Su poética mantiene un diálogo abierto con la arquitectura, la pintura, la escultura, la música, el cine, los mitos y la propia poesía, para llegar a lo infinito y también a lo fugitivo del arte. Una revelación de la imagen poética que se produce en lugares sencillos y cotidianos y nos sorprende a través del símbolo que es el lenguaje. Piñeiro se mantiene en un estado de descubrimiento y extrañeza continuo que marca la dinámica de las palabras, su vocación.
“Somos escritura en expansión / y perversa taxonomía de esa escritura, / intelectiva invención / y repetitiva moratoria del confín vislumbrado; / animal y amanuense, / transmisores y destructores de mundos, / sibaritas del verbo / y especuladores de la calígine humana”.
La tristeza, la inestabilidad emotiva y la melancolía se cubren con un velo irónico en la tercera parte del libro, El flâuneur enardecido. El poeta se convierte en observador imaginario, en un paseante que disfruta y se deleita al sentir el vértigo del tiempo, la incertidumbre, el poder de los signos.  Comparte un canon personal de pasiones y se plantea la improductiva búsqueda de la felicidad.
“Evita la insolencia de las grandes mansiones / y la ignorancia del gentío que compra dulces. / Desde su buhardilla ve caer la nieve / sobre la masa esperpéntica de los edificios. / Ha instalado allí su laboratorio / en el que pretende estudiar el proceso vital / de semillas y bacterias aéreas. // Sabe que la semejanza de su morada / con la de un espectro / es una burla más del destino”.
En Las raíces del veloel autor explora la realidad desde la inquietud intelectual. Reflexiona, se busca, titubea y hace balance memorístico de un tiempo en el que afirma no haber vivido, todavía. Su interés y su naturaleza aforística crea un espacio de recogimiento en el que disfrutar del acto de la escritura, de la lectura, de la soledad, del amor que no existe, del que no llega. Alcanzamos así sus poéticas finales: breves destellos que lo definen y nos invitan a compartir un camino, un estado contemplativo y disuasorio del ruido externo. Tal y como dice José María Piñeiro, “lo maravilloso es posible / porque la luz del sol ilumina / el día y sus paisajes. / Parte de esa plenitud / para describir / cómo nace el universo de nuevo”. Cedamos a la conjura del lenguaje. Leamos.
Esther Abellán Rodes

https://loblanc.info/cruzamos-el-puente-de-los-espejos-conjosemaria-pineiro-lasraicesdelvelo

viernes, 31 de mayo de 2019

Reseña de Los libros que me habitan


Javier Puig, la humildad del conocimiento en Los libros que me habitan.
Por Manuel García Pérez
Ni Javier Marías. Ni Muñoz Molina. Ni Pozuelo Yvancos. Hay un crítico literario que traspasa y se llama Javier Puig, colaborador de MUNDIARIO.  
04 de mayo de 2019

No es amistad, sino la ebriedad. La lectura del libro de ensayos, Los libros que me habitan, del escritor y poeta Javier Puig –colaborador de MUNDIARIO– nos introduce en la interpretación de un amante de la cultura que destaca, en cuanto a calidad, por encima de muchas firmas de suplementos nacionales.
Nuestro colaborador Javier Puig lleva publicando artículos y ensayos sobre su percepción crítica de lecturas, música y películas en muchos blogs y revistas; siempre desde una trabajosa y exquisita prosa, que se echa de menos en periódicos de tirada nacional, donde las reseñas se han convertido en mera promoción más que en un análisis riguroso de la obra.
Publicada en Celesta, Los libros que me habitan es el tránsito de Javier Puig por muchos de sus ensayos publicados a lo largo de estos últimos años, donde la eficacia de su análisis pormenorizado de la obra está vinculada a un manierismo que convierte el ensayo en una obra literaria; una tradición decimonónica y noventayochista que consolidó a autores como Unamuno, Ortega o Marañón, sin obviar los trabajos de Dámaso Alonso sobre los clásicos renacentistas y del Barroco, que siguen siendo un referente de crítica estilística y sensibilidad poética.
Y es precisamente la sensibilidad de lo poético, de lo desconocido, lo que pervive en las líneas de estos ensayos de Puig dirigidos a obras que, de alguna manera, no solo han trazado una educación literaria, sino también  una biografía sentimental hacia la lectura como objeto y fin en sí mismo que cautiva, que nos descubre a un hombre que encuentra en el placer de escuchar y de leer una forma de adentrarse en el conocimiento profundo y abisal de estructuras lingüísticas, párrafos, motivos temáticos, relaciones de autores en el tiempo; una ardua tarea que prácticamente ya no existe en la prensa de nuestro país, por varias razones.
A Javier Puig no le puede ni la presión de editoriales, ni le persigue el tiempo. Su devoción es la devoción del orfebre, de aquel que ha encontrado en el ejercicio de la escritura sobre libros, una clase de ascetismo; en ese ascetismo subiste una creación propia, donde la nostalgia, la inmediatez de lo vivido o las desdichas del pasado comulgan con la obra que se analiza, como si Javier Puig, el poeta, se dejase vislumbrar en esa exégesis, en esos comentarios y subjetividades, como si se destilase la sensibilidad poética de un hombre que ha encontrado en el ensayo la determinación de mostrarse al mundo, de referir su modo de representarlo, de confesarlo, de darnos la posibilidad de usurpar una parte de su intimidad creativa. Y, a veces, esa intimidad creativa es toda la intimidad de un hombre.
Sus aportaciones a las lecturas de Yourcenar, Zweig o Aldecoa declaran que, tras el hecho estético, subsiste el valor literario de un sujeto que analiza los textos desde la racionalidad, sin replegarse al modismo de la subjetividad por la subjetividad, sin caer en ese estúpido vacío de la libre interpretación.
La creatividad de Puig radica en que, sin dejar de analizar el valor central de la obra, su contextualización o su intención original, arbitra otras interpretaciones que prueban su propia capacidad poética, la introspección de la que no puede abdicar, pues Javier es consciente de que, detrás de esos significados concretos, hay algo inefable, místico, en el libro que se trata.
Y es ahí cuando uno descubre que quizá el ensayo de Javier sea el pre-texto y el pretexto para ahondar en la poesía que guarda, para contemplar misteriosamente los entornos, su complejidad, su deriva, a través de autores y obras que sabían que el conocimiento residía no solo en la paradoja, sino también en una certeza, como escribe en su magnífico ensayo sobre Broch y La muerte de Virgilio:  (que) "La palabra nos sirve para decirnos las cosas que sabemos pero nos resultan inalcanzables conscientemente. Pero a la inversa, con las palabras, somos capaces de generar pensamientos inusitados, que no sabíamos que éramos propensos a poseer" (pág. 43)
Lo mejor de esta recopilación de ensayos es esa apuesta firme por una literatura que trasciende, que cambia los mundos, que reivindica las fortunas y desgracias de las sociedades, una literatura que le ha hecho vivir a Javier de una manera intensa su propia vida; entendiendo esa intensidad como una forma de escribir desde la serenidad y la meditación de la que muchos autores y críticos han renegado por intereses particulares. @mundiario


https://www.mundiario.com/articulo/cultura/javier-puig-humildad-conocimiento-libros-habitan/20190504120430152904.html

martes, 20 de marzo de 2018

Reseña de Cruzar puertas traseras

Reseña en Diario de improvisaciones

Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos, los proyectos o, incluso, las ilusiones, nos constituyen.
Las palabras que ilustran la contraportada balizan la situación que nos encontraremos cuando la ruta de la lectura de este libro nos derive a la tormenta.
Cruzar puertas traseras no es un huir de los hechos principales que catalogan la existencia. De hecho, es un afrontar la realidad onírica que marca el tercio de varas con el que nos castiga la vida. No, no huye el poeta de su viaje: descubre su rostro para dejar que lo golpee la rabia de lo cotidiano.
Cruzar puertas traseras es un libro maduro, real. Cincelado a golpe de recorrer etapas que nunca se dan por perdidas, de respiraciones asfixiantes que nunca ahogan porque se puede con/contra ellas.
No hay que mostrar, se lee en Rafael: hay que sugerir. Hay que bucear dentro de sus letras para llegar al fondo de sus sentimientos y aguantar la apnea en unas imágenes que oxigenan a pesar del efecto de angustia que traza en pinceladas.
Ventanas entornadas, Alcobas paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros. Cuatro partes adjetivadas que catalogan un todo con la sutileza de un pintor de miniaturas, delineando, milímetro a milímetro, las ojeras de un héroe diminuto. Héroe cotidiano que habita moradas internas y vive en metáforas que, a veces, no son bellas ni ideales.

        Acecho

Desde aquí,
donde átomos invisibles generan
una red de transparencias,
observas un afuera
que no es sino un espacio
de interiores desterrado.

Y desde ese universo
te responde tu propia mirada,
convertida ya en simulacro
de pupilas ajenas
que se deslizan sinuosas
y fugaces por la frontera
de una calle;
                    la misma
que te reta a descifrarla.

La calle, la acera, la alcoba, la puerta, las paredes, el tabique, la ventana, las escaleras, el portal...
Los elementos cotidianos de un edificio son las mantas que nos cubren, la piel que nos cobija, 
los pasos que nos llevan y el camino que afrontamos.
En la superficie: el personaje, el amor y la soledad (aunque sea multitudinaria).
En el fondo: un excelente libro de una nueva etapa.
En lo profundo: el poeta desnudo.
En todo: la palabra y la imagen.

Te delata tu olor:
un estigma de cloro
y fibra lacaya.
La herrumbre te acusa
en un aquelarre
de pasado y deshonor,
y un tesoro de polvo
seduce a las acuarelas de
las flores marchitas.
Eres la esencia de
los colores fenecidos y
de las frecuencias
disipadas en rumores.


José Luis Nieto Aranda

martes, 20 de febrero de 2018

Reseña de La mirada perdida

Reseña en Frutos del Tiempo (7/02/2018)

La mirada perdida, de Alejandro López Pomares:
el interior de una historia. Por Javier Puig


La mirada perdida no es una novela convencional, ni una historia fácilmente deducible, sino un relato huidizo, que nos invita a leer de forma microscópica para extraer toda su densa sustancia. Los etéreos personajes se mueven sintiendo el misterio de vivir, centrados en sus sensibles introspecciones que parten de su oculto roce con el mundo. Viven en su forma más espiritual. Son anónimos, están apenas dibujados desde afuera. Hay pocos asideros inequívocos para conectar estas existencias errantes o superadas, nos volcamos en ellos sin un claro mapa de sus movimientos, pero lo que importa es que nunca se pierde el hilo de un sentimiento profundo, enlazado, muy bien descrito en ceñidas palabras.
No, no se puede leer esta novela como cualquier otra. Aceptemos prescindir de las amplias perspectivas, de las ubicaciones claras en el gran espacio de los acontecimientos mundanos. La magnífica prosa se sustenta en la búsqueda de lo poético, retuerce los vislumbres de la realidad hasta encontrar una significación secreta. Se hace necesario que el lector atienda este relato muy despierto. Los personajes transitan los escenarios de la vida desde una especie de sonambulismo que remite a las ensoñaciones que persiguen. Son vagamente reflexivos y se sienten extraños ante esa frágil conjunción de su interior con el mundo. Permanecen perplejos ante el ineluctable orden de la vida, inseguros de sus reafirmaciones.
La narración se desarrolla con atrevimiento, sin renunciar a los pasos inauditos, pero no se embriaga de osadías inútiles. Las descripciones del mundo exterior se limitan a los recovecos del espacio aparentemente común en los que se refleja el alma que los mira. El libro empieza con fragmentos que llevan el título de los anónimos personajes que lo integran: el joven, el niño, la mujer, el hombre, el anciano. En sus reapariciones, no es fácil reconocerlos. No hay necesidad de incidir en las constantes más evidentes. Apenas se abre el foco más allá de sus absorbentes y pequeñas continuaciones, de su intenso presente, y no alcanzamos a ver toda la amplitud de su biografía emocional. Lo importante aquí no es la rigurosa configuración de una personalidad, sino la extendida efusión de una esencia. Estos cortos capítulos podrían ser unos microcuentos muy precisos, escuetamente iluminadores, infinitos en su centro.
Los personajes no pretenden su estricta realidad sino tan solo ser fidedignas representaciones de una peculiar forma de sentir la vida. Hay un vuelco hacia la búsqueda del interior del instante, de indagación del tiempo que se vive, de íntima percepción de la vida, de persecución de una cerrada y mínima relación frente a la mayúscula existencia. Y para ello buscan una posición inédita ante un entorno abrumador, una perspectiva que los salve de la banalidad y los acerque al misterio de aquella parte de la conciencia que atiende la conexión decisiva. Y lo que sienten es siempre enigmático, es lo que se deriva del implacable contacto entre el ser y la frontera que nos sugiere paisajes del más allá habitados por seres inabordablemente ajenos.
La mirada perdida es un relato audaz, hecho de pura literatura, capaz de crear un clima que nos envuelve en los sucesos más recónditos de un mundo apenas abierto al exterior sino a través de sutiles conexiones. Es un libro que requiere de la atenta participación del lector, de su mirada alerta. A través del dominio de una prosa minuciosa, se desarrolla una narración íntima, intensamente apartada de las pautas de la cotidianidad más homologable. La sucesión de los momentos interiores es descrita desde una sólida ingravidez. Es este un libro que, como los buenos de poesía, nos invita a empezarlo de nuevo, a no abandonar esa cadencia que nos ha incluido en un sesgo del mundo que no habíamos hollado pero que en nada nos debe resultar ajeno.

martes, 13 de febrero de 2018

Reseña de La mirada perdida

Reseña en Frutos del tiempo (7/02/2018)

Alejandro López Pomares presentó en Orihuela su primera novela, por Ada Soriano


El pasado 1 de febrero se presentó la ópera prima de Alejandro López Pomares; una novela que lleva por título La mirada perdida y que acaba de ser editada por Celesta, (Colección Letra Aleph, Madrid, 2017), bajo la dirección del poeta y escritor Rafael González. 
Una vez más, la librería Códex fue escenario de tal evento, en el que se dieron cita escritores, familiares y amigos del autor. El acto fue presentado por el poeta José Luis Zerón, quien manifestó su satisfacción al tratarse, en este caso, de la novela de un amigo y ser esta su primera obra publicada.
Zerón indicó en su discurso que es una novela compleja y que no posee una línea argumental definida. Por ello aconsejó leerla desde la perspectiva de la estética y la voluntad. Aclaró asimismo que, al no poseer trama temporal, queda lejos de la novela clásica. Explicó que La mirada perdida consta de tres partes reales, aunque estructuralmente se aprecian solo dos: “La primera es una narración en tercera persona, con superposición de planos y personajes entrecruzados, y la segunda está narrada en primera persona, y se trata de fragmentos de diarios en las que interactúan lector y escritor”.
Igualmente destacó la alternancia entre naturaleza y ciudad, a pesar de que el autor se implica más en el paisaje, que confiere a la obra una honda textura lírica. “De este modo la novela podría leerse como un conjunto de prosas poéticas”.
Sensualidad, experimentalismo y cierto misterio para una novela que, según Zerón, puede calificarse de poliédrica por los distintos matices y lecturas que ofrece y porque entronca con la tradición vanguardista: desde Las olas de Virginia Woolf y el Ulises de Joyce, pasando por Le Nouveau Roman y El Constructivismo, hasta autores contemporáneos como Agustín Fernández Mayo.
Tras la presentación, escuchamos las palabras de Alejandro López Pomares, quien nos hizo cómplices de sus sentimientos: “Revelar el secreto de que he escrito un libro me resulta más difícil que el hecho de escribir”.
Afirmó que su novela no da la apariencia de poseer un argumento, pero que él sí piensa que existe una trama, aunque esté fragmentada y disuelta, y que su intención es transmitir otra forma de lectura, es decir, leer con empeño: “Lo que en un principio podría haberse quedado en un conjunto de relatos escritos en un cuaderno de campo, acabó convirtiéndose en una novela ya que, al volver a leerlos, vi algo distinto; algo que me llevó a plantearme reescribirlos, pero eso sí, respetando la estructura inicial. Mi deseo era potenciar la confusión que se forja a partir de la fragmentación y, por tanto, sí hay una intencionalidad en mi novela”.
Como buen observador, comentó que “cuanto más sabemos, más grande es la confusión del mundo en que vivimos, debido a un exceso de acumulación de detalles, y que el mundo se nos hace así más incomprensible”.
El autor, tras transmitir con honestidad y desparpajo sus experiencias vividas con respecto a la elaboración de esta singular novela donde, según sus palabras, hay soledad, nostalgia y tiempo (sobre todo, tiempo), los asistentes le correspondieron con un fuerte y sentido aplauso.
Ada Soriano 

viernes, 5 de enero de 2018

Reseña de Una tirada de dados

Reseña en empireuma

STÉPHANE MALLARMÉ
UNA TIRADA DE DADOS
(Versión de Rafael González Serrano)
Editorial Celesta

Rafael González Serrano nos brinda, en esta edición,  una exclusiva, aunque seamos conscientes de la existencia de las otras versiones que se encuentran en nuestras bibliotecas. Atreverse a publicar una nueva versión de la obra pionera de la contemporaneidad en poesía, que fue y es, Un Coup de dés, de Mallarmé, creo que sigue siendo eso, una exclusiva, no sólo por la relevancia del texto sino por la nueva oportunidad que ofrece al traductor valiente a bucear por las dispersas consignas que como brechas luminosas constituyen este poema absolutamente singular.
Contextualizar un texto implica conocer qué horizonte se cubre y qué otro se descubre en el seno de las palabras, que posibilidad se ha trascendido o potenciado en el orbe de lo semántico, que límite del decir se ha confirmado o se ha inaugurado. Y esta obra es un inicio poético y arrastra una clave. Al traducir el texto, uno quisiera creer que el traductor lo hace como si fuera la primera vez que aborda el texto, es decir, que conociendo las versiones que ya  existen, el traductor enfrentado al poema lo traduzca como si se encontrara ante un texto desconocido, sin sospechar desarrollos semánticos ni derivas experimentales que harían un estereotipo del poema originario del que parten. 
La novedad más notable de esta versión de la pieza de Mallarmé es la que el propio Rafael señala: la elección de “tirada” por “jugada”, no solo porque en español resulte más habitual sino porque también alude de modo directo al hecho simple y concreto del verbo. "Jugada" tiene una significación más amplia, alude a las veces en que se juega y se lanzan los dados; tirada alude directamente al hecho y efecto de la jugada, a la acción concreta de lanzar los dados. Esos dados que, según dijera Octavio Paz, son el ideograma de ese azar que constituiría tanto lo irreductible como el horizonte que las palabras jugarían a encarnar y franquear. 

         José María Piñeiro

martes, 5 de diciembre de 2017

Reseña de Cruzar puertas traseras

Reseña en empireuma (4-12-2017)


Cruzar puertas traseras. Rafael González Serrano. Editorial Celesta, 2017

Decía Borges que la poesía es el lenguaje de la imaginación, lo que también viene a decir que es el lenguaje de lo posible. La plasticidad absoluta con que la poesía somete  a la palabra, permite la expresión de cualquier singularidad al tiempo que hace adaptarse al lenguaje a las anfractuosidades de todo medio que exija  una descripción elocuente.
En este poemario de Rafael González Serrano, de formato tan breve como preciso, se cumplen con prestancia   todas estas expectativas, puesto que la imaginación ha trabajado con soltura y lo expresado lo es de un mundo al que se le podían aplicar las disquisiciones que un Gaston Bachelard expusiera en su libro Poética del espacio.
En este caso, Rafael González Serrano elige un motivo de rico simbolismo, la casa, convirtiendo sus distintos componentes –pasillos, alcobas, puertas, mirillas, baldosas o ventanas– en tramos de una singladura exploratoria de vívida imaginación. Que la casa sea el laberinto de la propia subjetividad o signifique una aventura semejante de otros territorios, es algo que converge o es lo mismo en el intrincado desfiladero de  mundos posibles en que queda convertida la casa. Pocas cosas tan personales como la casa de uno y al tiempo, susceptible de convertirse en testigo de desasosiegos y significaciones súbitas de la historia de sus habitantes y que la poesía aplicada con viveza convierta en testimonio que trasciende la estricta subjetividad.
Cada casa tiene su memoria y la casa misma es metáfora del modo de vivir y ser de un alma. En el poemario no solo se recorren todos los rincones sino que hay recorridos exploratorios por los aledaños,  -plazas y  callejones-  incluyéndolos en los territorios relacionados con la casa. Esta es un centro, un interior que se explora y descifra del mismo modo como lo es el entorno, los linderos que pertenecen al exterior inmediato. Volvemos a lo dicho. Es la poesía lo que hace posible un viaje semejante y que tal viaje implique un desciframiento profundo del lugar donde mora el sujeto y sus fantasmas. Y el resultado del poemario de Rafael González Serrano es, en efecto, un viaje descifrador tan lúcido como imaginativo. 
José María Piñeiro Gutíerrez

martes, 21 de febrero de 2017

Reseña de Cruzar el cielo

Reseña en La galla ciencia
(20 de febrero de 2017)  




                      Cruzar el cielo 
                      Ada Soriano
                      Col. Piel de sal 
                      (Celesta, 2016)






Me quedé dormida y al despertar asistí al alumbramiento.

Este poemario llega a mis manos a través de un poeta magnífico, José Manuel Ramón, cuyo poemario La Senda Honda, también tuve la oportunidad de reseñar. Y Ada Soriano, poeta de Orihuela, ha sido para mí otro descubrimiento muy grato. 
Cruzar el cielo, es uno de esos libros distintos, que se recuerdan siempre, no por la calidad de sus poemas, que también, sino porque algunos son verdaderos hallazgos, como el que da nombre al libro, y otros, como De Vuelta, Viaje o Mariposas
El latido de Sylvia Plath está presente en la forma de escribir de Ada Soriano, y convierten este puñado de bien hilados poemas, en una suerte de conjuro oportuno bien cocinado. Una poética forma de acercarse a una realidad propia, un universo personal, a través de los ojos de la poeta, a cuya poesía me he acercado precisamente por este libro, y a la que procuraré no perder de vista, para asistir a la evolución de su poética.
Construyen Cruzar el cielo, diecinueve poemas mágicos, cosidos a mano. Y aunque no suelen ser de mi agrado personal los poemas excesivamente largos, sí que me ha llamado la atención la coherencia interna, incluso la voluntad narrativa de alguno de ellos. Uno de mis favoritos, El despertar de la memoria, es una evocación onírica del recuerdo. Emocionantes y poderosas imágenes: 

Y me hallé de nuevo en aquella casa 
con su escalón de siete pulgadas. (…) 
Recuerdo la vieja escalera, 
la que conducía al altillo, donde yacía 
la pizarra con una ecuación ya resuelta. 

Nosotros, vamos resolviendo ecuaciones, resolviendo la vida, avanzando, quizás, huyendo de ella. Es este el enfoque. Es posible. La búsqueda de un asidero, en la corriente del tiempo. Es justo lo que ofrece Ada Soriano. La invocación de los elementos, de las estaciones, de los ángeles, de la luz y la sombra, el amor, la locura, el miedo en la incertidumbre. Del posible refugio al desvalimiento.
La lectura de este poemario sin duda, provoca en el lector cierto desasosiego. A pesar de no ser precisamente vitalistas, irradian luz desde el interior, y esta claridad aleja a esta autora, radicalmente, de la voz de Sylvia Plath, o Anne Sexton,  aunque se rinda a las poetas suicidas un sincero homenaje en poemas como Te amo, en el que no se esconde una apasionada fascinación por la desesperación, por el anhelo de abandonar un mundo demasiado complicado. Ada, sin embargo, ofrece en sus versos fórmulas para sobrevivir, a la agorafobia, al peso de lo cotidiano, y se me antoja que a la asfixia en el mundillo literario, también. 
Lo vemos en el poema Hacia la concreción:

No se ama cuando se hurga en los contenedores de la fama 
para sentir el roce del halago y el sabor de la popularidad.

Desconozco el bagaje de Ada Soriano, sus lecturas de base, pero posee un lenguaje, una voz propia, bien definida, distinguible en el ruido, en la multitud. Y siempre es de agradecer que sea posible encontrar, en una autora, precisamente lo que se busca. Lo que se espera. La imagen de vuelta como en un espejo. La empatía, solícita, que reconforta la existencia.
Cruzar el cielo, es un libro digno. Un buen poemario para degustar con tranquilidad, pues agita los mecanismos internos. Poesía bien estructurada. Formas, bien acabadas, desde el punto de vista de la técnica de una autora que sabe lo que hace y lo que escribe, y ha trazado bien el camino para llegar al momento justo, al lugar deseado. Esos recovecos del alma, donde aún, es posible sentir el calambre, el temblor de la más pura emoción. 

 Rosario Troncoso

jueves, 15 de diciembre de 2016

Reseña de Pasajes escritos

Reseña en Minuto cero (14/12/2016)

Sobre los lúcidos ensayos de José María Piñeiro en “Pasajes escritos”

Cada uno de estos pequeños ensayos es una ventana que se abre y nos invita a una estancia que podremos habitar con el más plácido de nuestros esfuerzos

José María Piñeiro ha dado un paso que celebramos los que seguimos y admiramos su blog Empireuma :: micropoësie. Ha seleccionado una pequeña parte de las entradas que ha ido añadiendo durante los últimos años y nos las ha ofrecido en forma de un libro Pasajes escritos, editado por Celesta–, por lo que ahora tenemos la ocasión de disfrutar de esos textos, de calidad y enjundia tan inusuales, con el recogimiento mayor que ofrece este formato.
Piñeiro es un apasionado de los libros, un degustador de páginas inopinadas, un buscador sin prejuicios: “Disfruto tanto de los textos que elijo leer, que las teorías que los juzgan me suelen parecer casi siempre juicios sumarísimos con respecto a ese prisma de sugerencias y mundos que percibo.” Es alguien que está alerta y que gusta de explorar las zonas menos iluminadas de la cultura y tantear las promesas de singularidad, las obras genuinas, apartadas del ruido que alberga el acaparador tránsito de lo aceptado, la suma de confluyentes reconocimientos e inercias. Gusta de los textos complejos, de los ensayos más teorizantes,  de los estudios más profundos, pero también de aquellos sencillos, cuando estos se ciñen expresivamente a una vida, como la autobiografía de Bertrand Rusell: “Un excelente ejemplo de cómo a través de una escritura sencilla se pueden reflejar con intensidad los episodios más interesantes de una vida.”. Y es que ama los escritos aparentemente accesorios: los diarios, la literatura fragmentaria, las crónicas, el insólito ensayo del novelista. Escribe, no sobre las obras consideradas mayores de cada autor, sino sobre sus trazos más espontáneos y personales. Porque, en estos artículos, hay una fascinación por saber cómo, cada escritor, desde su única ubicación en el mundo, interpreta la vida, la descubre: “Todo libro es un tramo de vivencias, de aventuras, el relato de algo.”
Pero José María Piñeiro no siempre se encierra en su gabinete. A veces, coge el tren o el autobús, abierto a atisbar los signos que la realidad le presente. Y los capta con su cámara fotográfica o los transcribe en sus creaciones literarias. La exterioridad debe ser conectada, asumida, integrada, en un universo mental que requiere una pequeña renovación continua, un alimento que no tan solo venga del arte más nutricional, sino también de los pequeños detalles que van formando una red a través de las percibidas afinidades.
Aunque, muchas veces, no es necesario salir a la calle para acceder a lo más revelador del mundo. Piñeiro se queda en casa, junto al querido y prometedor objeto del libro, inmerso en sus exploraciones: “Cierto es que el estudio y la reflexión también pueden suponer un arduo viaje”, pues: “El viaje es una vivencia sensorial que irriga mente y cuerpo. El pensamiento, un viaje extático.”   Nos habla de los “altos placeres de gabinete”, de la seducción de “la aventura cognoscitiva.”
La cita de Wittgenstein: “Se debe siempre estar  preparado para aprender algo totalmente nuevo”, la hace suya. Está fascinado por el pensamiento, por su concepción en la palabra. El pensar es una fructífera variante de la vida inmediata, supone habitar la relativa seguridad de los adentros, concitar el fruto de los hombres que han escrito, que han pensado, para inoportuno.
En sus aproximaciones a los libros, hay intelectualismo (en alguna ocasión, el divagar por conceptos demasiado alejados de la raíz – visible – del hombre), pero también emotividad. Así lo expresa en uno de los textos más entusiastas, el dedicado a Ramón Sijé: “Cada vez que me he acercado a Sijé he experimentado siempre la misma sensación: un gran entusiasmo velado por la melancolía.” Piñeiro goza de esos descubrimientos, de la apasionada lectura que no está respaldada por un veredicto unánime, sino que contradice tantos juicios o indiferencias que displicentemente se instalan en el panorama cultural. Él sabe encontrar: “En Sijé asistimos, efectivamente, a un jubiloso dominio de la escritura.” Hablando de Sijé, refiere lo que el propio autor oriolano consideraba “pasión crítica”, y añade: “Dos términos que pueden parecer contradictorios, salvo si el talante llega a tal admiración del producto cultural que la pasión no es un obstáculo para que la crítica se ejerza.” El indudable poeta que hay en el autor se emociona al leerlo, al disfrutar de: “Una prosa azuzada en su corazón por lo poético.”
Muchas de las reseñas que hay en la segunda parte del libro, la titulada Pretextos, están dedicadas a los diarios que va leyendo, que no suelen ser los más conocidos, sino algunos con los que felizmente ha dado en alguna de sus expectantes incursiones por las librerías. “El diario me acerca a esa literalidad de la realidad que la ficción metarfosea.”, nos dice. “Todo puede ser registrado, expresado por la escritura porque todo es literaturizable.”
Cada uno de estos pequeños ensayos es una ventana que se abre y nos invita a una estancia que podremos habitar con el más plácido de nuestros esfuerzos. Nos dan la impresión de no haber dejado ningún cabo suelto, de haber conseguido una bella confluencia de la palabra con la idea. Piñeiro consigue ir más allá de la percepción primera, de la adhesión emocional, e indaga en los mecanismos ocultos que erigen las superficies del arte. Describe lo teórico, su elegante fulgor. Lo suyo, lo que persigue, es el descubrimiento. La seducción de la exquisitez cultural, de la personalidad única, de la mirada incontaminada por las redundancias. Escribe con claridad y ahonda con sutileza su pensamiento muchas veces complejo. Su prosa no puede ser para muchos, sus focalizaciones son las propias de quien lleva una vida interior desusada entre los ciudadanos que lo envuelven, de quien está familiarizado con un género ensayístico que tanto placer intelectual alberga.
Dice el autor que disfruta leyendo a Ortega, a Foucault, a Barthes o Paz: “Por la suntuosidad y nitidez con que fluyen sus exposiciones conceptuales.” Autores a los que se les ha reprochado el exhibicionismo de su escritura y a los que él defiende: “La exigencia de una escritura sencilla y clara es tan retórica como la contraria”. En esta colección de ensayos y artículos encontramos aunadas y satisfechas las dos exigencias: por una parte, la conceptual, de una forma literaria brillante. No busca lo abstruso pero no renuncia a sus aledaños necesarios. Son textos que alcanzan el máximo de amenidad posible con una prosa vigorosa, segura sí misma, armónicamente desencadenante.
¿Están algunos temas alejados de lo que verdaderamente importa en el mundo, son un lujo? Lo que busca Piñeiro es la realidad alcanzable, la visión elaborada, siempre impregnada del propio ser. Pasajes escritos impresiona por su fuerza ensayística, por una prosa rica, que no se arredra ante la palabra no oficialmente aceptada. Su impronta entusiasta nos señala nuevos puntos rutilantes en la proyección de nuestras necesidades artísticas. Estos escritos, así reunidos, nos muestran mejor sus virtudes, que no son inferiores a las de cualquier ensayista que pueda ocupar la cúspide de los elegidos. Ya estoy esperando el nuevo libro prometido: otra selección de textos de su blog, otro caudal de lúcida literatura.
                                                                                                                                          Javier Puig

lunes, 13 de junio de 2016

Reseña de Las voces que me dicen

Reseña en Mundiario
(24 de mayo de 2016)

En Las voces que me dicen, Paco Moral nos ofrece una nueva visión de Pessoa
La editorial madrileña Celesta acaba de publicar una edición bilingüe de poemas del portugués Pessoa y de tres de sus heterónimos: Ricardo Reis, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos.


Ada Soriano
Ada Soriano
Poeta y escritora. Nacida en Orihuela en 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Autora de dos plaquetas y cinco libros. El último, Cruzar el cielo, ha sido editado recientemente por la editorial Celesta. Colabora en MUNDIARIO




Además de los recientes libros que han aparecido este año sobre la obra de Fernando Pessoa, como Cuentos (Páginas de Espuma), La educación del estoico, (Isla de Siltolá), Poemas completos de Alberto Caeiro (Baile del Sol), Odas de Ricardo Reis (Visor), Ficciones del interludio (Alianza), y Libro del desasosiego (Alianza) habría que añadir el publicado recientemente en la editorial Celesta al cuidado de Rafaél González Serrano, que lleva por título Las voces que me dicen. Se trata de una antología en edición bilingüe sobre el desconcertante poeta Fernando Pessoa.
La selección y traducción de los poemas -con muy buen criterio- corren a cargo del escritor Paco Moral, además de una amena y precisa nota que invita a indagar en la sugerente poesía de este autor portugués. Se trata de una antología absolutamente personal y subjetiva, nos dice P. Moral. Afirma asimismo que la intención no es otra que la de rendir un homenaje (…) a uno de los autores más importantes (…) de la literatura y de la poesía universal de todos los tiempos, y que alguien que no conozca aún a Pessoa pueda acercarse a él y a la complejidad de su mundo poético.
En este libro se da a conocer una parte importante de la obra poética de Pessoa desde diferentes perspectivas debido al hecho de haber recurrido al uso de los heterónimos, al inevitable afán del desdoblamiento. Nos encontramos, por tanto, ante un escritor verdaderamente raro, a una abeja laboriosa que acepta sin más los diferentes matices de las flores. El resultado es la codiciada miel, la composición del poema procedente de una amalgama de aromas. Pessoa se bautiza con frecuencia. Si se siente la necesidad, ¿por qué no reinventarse?
El autor de esta antología nos presenta al poeta acompañado con tres de sus heterónimos. “Queriendo, amo el infinito. Haciendo, nada es verdad”, nos dice Pessoa en su poema Todo lo que hago o medito. Aparece, entre otros, su imprescindible poema Autopsicografía con estos versos conocidos y, en ocasiones, malinterpretados, con respecto a la honestidad de los poetas: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el cierto dolor que siente”. Después llega Ricardo Reis, realista, reflexivo y armonioso; asombrosamente conformista y feliz, de quien me quedo con estos versos de su poema titulado Las rosas: “La luz para ellas es eterna, porque/ nacen nacido el sol, y acaban/ antes que Apolo deje/ su trayecto visible”. Le sigue Alberto Caeiro con un discurso narrativo y contemplativo, que nos muestra un lenguaje estético y sencillo, y en su poema, que lleva por título La espantosa realidad de las cosas, sorprende al lector con versos tan contundentes como este: “Basta existir para ser completo”. Finalmente nos encontramos con Álvaro de Campos, quien con su pensamiento de sentirse siempre extranjero, se nos presenta con un lenguaje más elaborado donde asoma el escepticismo: “No tengo ideales/ pero nadie tiene”. En su poema Estanco, acertada elección para cerrar el libro, irremediablemente, nos seduce: “(¡Come chocolatinas, pequeña; / come chocolatinas!/ Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de las chocolatinas. / Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería”.
Pessoa es un puzle que une y desune sus piezas para consolidar una sola voz con sus célebres contradicciones: la inconfundible voz del enigmático Pessoa. Léase en El libro del desasosiego: “Tristeza de serlo todo, una sensación de ser yo y a la vez algo externo”.
Me ha gratificado volver a leer a este poeta, en este caso, a través de Las voces que me dicen, poemas que transmiten buenas vibraciones, con muy buen criterio de Paco Moral y muy bien editado por Rafael González, quien apuesta por lo fundamental: el rigor, el misterio y la honradez de la poesía.