Reseña en Información (23 de mayo de 2021)
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jueves, 3 de junio de 2021
martes, 1 de septiembre de 2020
Reseña sobre Las raíces del velo
(Reseña en Las nueve musas, 28 de julio de 2020)
José María Piñeiro Gutiérrez es un escritor oriolano dotado de
una gran versatilidad. Destaca como articulista, ensayista, narrador y autor de
aforismos.
También
practica la fotografía y la pintura, y desde hace años mantiene el blog,
empireuma. Blogspot,com. Pero ante todo es un auténtico poeta, si
bien creo que como autor lírico no ha obtenido el reconocimiento que merece,
eso que se da en llamar justicia poética. Su último poemario, Las
raíces del velo (Editorial Celesta, Madrid, 2019), repleto de
imágenes y destellos imaginativos, está escrito con una dicción reflexiva,
intensa y envolvente que no rehúye la emotividad.
En todo el poemario se fusionan
intuición y pensamiento en una constante basculación entre el pasado y el
presente, el himno y la elegía. El autor ahonda en asuntos metafísicos
esenciales sin renunciar a un lenguaje matérico y carnal. La poeta y crítica
literaria Esther Abellán ha
escrito con acierto en la revista cultural LOBLANC que «desde el propio
título, Las Raíces del velo trae la confrontación de lo
etéreo y lo sólido; la fragilidad, la sutileza y el tacto apenas perceptible de
la vida frente a la fuerza y la consistencia de las experiencias y de todo
aquello que constituye la memoria».
Las raíces del velo está sustentado formalmente en el hábil manejo del
versículo, el empleo de figuras retóricas como el encadenamiento de imágenes
(José María Piñeiro es un maestro consumado en el empleo de la imagen poética),
la anáfora, la sinestesia o la aliteración y una riqueza semántica apabullante,
si bien el poeta no se estanca en díscolos ensimismamientos expresivos, ni se
solaza en la mera voluptuosidad retórica; lima y pule sin someterse a las
restricciones de las normas convencionales de versificación, de tal modo que la
lectura de sus poemas constituye una gratificante y enriquecedora experiencia.
En cuanto al inspirado título
del libro que nos ocupa, el propio autor ha explicado en varias ocasiones, y
esto mismo queda reflejado en la contraportada, que Las raíces del
velo «simboliza la fragilidad, la fugitiva esencia de la vida; las
raíces, por oposición, serían los episodios más determinantes de lo vivido».
El poemario está dividido en
tres partes permeadas por un manifiesto autobiografismo. Cada una de ellas
podría haber originado un libro por sí mismas. No estamos hablando, sin
embargo, de tres poemarios incompletos agrupados en un solo volumen, pues las
tres secciones, perfectamente ensambladas, constituyen una estructura unitaria
y coherente. José Manuel Ramón, uno de los mejores amigos
del autor, definió con tino la estructura tripartita del libro durante su
intervención en la presentación del mismo en la librería Códex de Orihuela en
mayo del año pasado: «son tres partes íntimamente relacionadas entre sí y
vehiculadas en pos de una búsqueda del Amor absoluto que el autor ha
emprendido, y que todos íntimamente ansiamos o deberíamos ansiar, según
infiero. Amor absoluto representado por la verdad y la belleza, también por la
carnalidad y su crudo relato del deseo, en definitiva, por el ser humano que
desbroza su esencia con esa carga de profundidad que es el arte, dirigido a
estimularnos hacia otros niveles de conciencia diferentes al nuestro».
El poemario está encabezado con
esta dedicatoria general: «A mi madre, que soñaba con jardines y bodas» Y es
que Lolín Gutiérrez murió poco antes de la impresión del mismo. De modo que
este libro es también un sentido homenaje a la madre ausente.
El título mismo de la primera
parte, “biografemas”, es otro ejemplo de la coherencia intelectual de nuestro
autor, gran conocedor de la obra de Roland Barthes, sobre
la cual ha escrito numerosos textos. Biografema es el
neologismo acuñado por al filósofo francés para definir escenas, imágenes o
pinceladas biográficas concretas que aunque no pueden abarcar una biografía en
toda su extensión sí logran ilustrarla.
En el primer capítulo de Las
raíces del velo encontramos los recuerdos de la infancia y adolescencia
del autor que dejaron una huella indeleble en su memoria y forjaron su conducta
psicológica hipersensible e indagatoria. También nos habla el poeta de su
capacidad ensoñadora y su querencia por el arte, la poesía, la filosofía y los
enigmas de la vida. En estos nueve “biografemas” también se percibe, la
obsesión por el paso del tiempo, el asombro y el fervor ante la vida presente.
martes, 4 de agosto de 2020
Reseña sobre Las raíces del velo
CRUZAMOS EL PUENTE DE LOS ESPEJOS CON… JOSÉ MARÍA PIÑEIRO: LAS RAÍCES DEL VELO
Reseña en LoBlanc (30-junio-2020)
José María Piñeiro
Gutiérrez (Orihuela, 1963) ha realizado cursos de
Filosofía e Historia del Arte a través de la UNED. Es miembro fundador de la
revista literaria Empireuma (1985-2007) y colaborador desde hace
años en prensa, revistas e instituciones. En 2013 la dirección de la revista Ágora le concedió un premio honorífico al fomento
de la lectura por su artículo Que no hayan mensajes va la deriva. También
mantiene en internet el blog empireuma.blogspot.com. Es autor del conjunto de
aforismos Hilas de papiro (2000) y Ars fragminis (2015). Ha publicado la
plaquette de poesía El légamo de las estrellas (1998) y los
poemarios Margen armónico (2010), Profano demiurgo (2013). En 2016 publicó Pasajes escritos, una serie de artículos y ensayos
que habían ido apareciendo en su blog Micropoesie: Empireuma. Su
último libro de poemas, publicado por Editorial Celesta, lleva por título Las raíces del velo (2019).
Acercarse a la obra de José María Piñeiro es sumergirse en un mundo lleno
de misterio. Desde muy temprano, la escritura, la pintura y la música han
conformado una matriz indivisible, un todo que se manifiesta con distintos
lenguajes para converger en un solo punto. Así, sus versos se convierten en
refugio y temblor, en una zona creativa donde fundir la propia filosofía con la
inventiva y la experiencia poética.
Desde el propio título, Las raíces del velo trae
la confrontación de lo etéreo y lo sólido; la fragilidad, la sutileza y el
tacto apenas perceptible de la vida, frente a la fuerza y la consistencia de
las experiencias y de todo aquello que constituye la memoria. Un libro que por
su estructura bien podían ser tres, pero que el autor unifica desde la
perspectiva variable del ciclo vital y las simetrías entre lo real y lo
ficticio.
“Con la mirada testificamos cataclismos, la ley misteriosa: /
cumplidos los reinos y metamorfosis / todo regresa a su origen. // Artificio y
naturaleza confunden así sus demiurgias, / se conjuntan en una única mole /
arrojada a los tiempos como memoria del sueño / que abarcó tantas vidas
laboriosas”.
Pasado y presente se dan la mano para convivir en un horizonte subjetivo
lleno de distancia, de soledad. De esta manera, la madurez facilita la visión y
el análisis e incentiva el intelecto que se va transformando en testigo
silencioso de lo que le rodea. En las dos primeras partes del poemario, los
recuerdos, los amigos, la ciudad y los primeros hallazgos se recrean para dar
paso a la reflexión sobre lo que pudo haber sido, sobre los deseos y las
expectativas que se quedaron en un rincón del corazón.
“Ahora que el futuro ya pasó, / y sé que la casa frente al mar se
derruyó antes de construirse, / y que la mujer de mis sueños en estos, perdida,
flota, / no me queda sino la invitación precisa del ahora, / seguir soñando para
potenciar el instante / y a mi propia imaginación, / dialogar con los libros /
y agradecer este sol y esta tierra edénica / en donde disfruto de la hierba y
de las blandas tardes”.
El anhelo, la fascinación y la belleza estructuran un confinamiento voluntario
en el que la ausencia de amor, la búsqueda y el propio desconcierto conversan
hasta dar sentido a la existencia. José María Piñeiro nos adentra en sus
propias complejidades para llegar a la observación crítica sobre la idea y lo
sensible, sobre la realidad perceptible y los parámetros de la razón. La
poesía se sumerge en la filosofía, o viceversa. Un camino de dos direcciones.
Quizá el centro de la circunferencia.
“Desaparezco cuando reprimo la expresividad / por un diplomático
enunciado, / cuando ante los libros, / dispersos por mi cama, / creo potenciar
la memoria del pensamiento / con tan solo contemplarlos con orgullo. //
Desaparezco cuando sé que la aventura de un cuerpo / no puede consignarse / a
través de la mera audacia intelectiva / y me obstino en sublimar ese deseo”.
Su poética mantiene un diálogo abierto con la arquitectura, la pintura, la
escultura, la música, el cine, los mitos y la propia poesía, para llegar a lo
infinito y también a lo fugitivo del arte. Una revelación de la imagen poética
que se produce en lugares sencillos y cotidianos y nos sorprende a través del
símbolo que es el lenguaje. Piñeiro se mantiene en un estado de descubrimiento
y extrañeza continuo que marca la dinámica de las palabras, su vocación.
“Somos escritura en expansión / y perversa taxonomía de esa
escritura, / intelectiva invención / y repetitiva moratoria del confín
vislumbrado; / animal y amanuense, / transmisores y destructores de mundos, /
sibaritas del verbo / y especuladores de la calígine humana”.
La tristeza, la inestabilidad emotiva y la melancolía se cubren con un
velo irónico en la tercera parte del libro, El flâuneur enardecido. El poeta
se convierte en observador imaginario, en un paseante que disfruta y se deleita
al sentir el vértigo del tiempo, la incertidumbre, el poder de los
signos. Comparte un canon personal de pasiones y se plantea la
improductiva búsqueda de la felicidad.
“Evita la insolencia de las grandes mansiones / y la ignorancia
del gentío que compra dulces. / Desde su buhardilla ve caer la nieve / sobre la
masa esperpéntica de los edificios. / Ha instalado allí su laboratorio / en el
que pretende estudiar el proceso vital / de semillas y bacterias aéreas. //
Sabe que la semejanza de su morada / con la de un espectro / es una burla más
del destino”.
En Las raíces del velo, el autor
explora la realidad desde la inquietud intelectual. Reflexiona, se busca,
titubea y hace balance memorístico de un tiempo en el que afirma no haber
vivido, todavía. Su interés y su naturaleza aforística crea un espacio de
recogimiento en el que disfrutar del acto de la escritura, de la lectura, de la
soledad, del amor que no existe, del que no llega. Alcanzamos así sus poéticas
finales: breves destellos que lo definen y nos invitan a compartir un camino,
un estado contemplativo y disuasorio del ruido externo. Tal y como dice José
María Piñeiro, “lo maravilloso es posible / porque la luz del sol ilumina / el
día y sus paisajes. / Parte de esa plenitud / para describir / cómo nace el
universo de nuevo”. Cedamos a la conjura del lenguaje. Leamos.
Esther Abellán Rodes
miércoles, 12 de junio de 2019
Reseña de Las raíces del velo
Sobre Las raíces del velo de José María Piñeiro, por Javier Puig.
Reseña en Frutos del tiempo, 29/05/2019
Desde su
versátil capacidad literaria, y después de seis años, José María Piñeiro vuelve
a ofrecernos una amplia muestra de su poesía en Las raíces del velo,
editado por Celesta. El poemario está dividido en tres partes, cada una de las
cuales, como se dijo en la presentación que tuvo lugar en Orihuela, podría
constituir una obra independiente. Esto es así porque hay una suficiente
diferenciación, y, dentro de cada una de ellas, una coherencia propia; lo que
no obsta para reconocer un nexo común, el que se deriva de la marcada
personalidad del autor, y que se manifiesta en esa sensible percepción de “el
espectáculo de la vida”, del que exprime su intensidad, aunando, en variables
proporciones, lo sensorial y lo intelectual.
En la
primera parte, Biografemas, hallamos la rememoración de esos
contactos con el mundo que resultan significativos, que se imprimen en el ser
desde el impacto emocional, desde el descubrimiento que nunca se deja de
repasar para continuar afinándolo con nuevas sutilezas. Se habla aquí del
espíritu aventurero de la primera juventud, de las atrevidas incursiones en los
parajes prometedores, en los espacios ocultados por el mundo impuesto. Es la
intrínseca validez de la experimentación, el alegre juego de avanzar para
alcanzarse más allá del previsible uno mismo. Pero también hay poemas
intemporales, que reflejan una constante vital, esa arraigada posición que
indaga desde el austero hedonismo, la creencia en que lo más contiguo al propio
ser, el más adherido límite con lo ajeno, ya revela la inconclusa paradoja de
la existencia.
En la
segunda parte, Confieso que no he vivido, el poeta se somete a un
autoanálisis, revisa su trayectoria vital y echa a faltar una mayor
exterioridad, una más completa vivencia de las posibilidades del trayecto humano.
Si antes, la retrospección era meramente contemplativa, si la mirada se situaba
apartada de un responsable protagonismo, ahora la encontramos atrapada en una
valoración severa, implacable, sometida a una estricta regla que no perdona la
visión de las carencias, sino que las amplifica; sobre todo, la de un
indefinible ser íntimo capaz de acompañar, de compartir, de mullir los propios
pasos.
Ahora,
ese paraíso concentrado, poco más que casero, se ve como baldío. Ese ámbito
querido que tantos momentos de plenitud ofrece, pero al que se le achaca su
incapacidad integradora: “… Y los libros inertes que sustituyen a los amigos”.
Allí es rara la afectuosa conversación, la viva reciprocidad: “A mí me ha
vencido la pereza y la belleza”. Es la mala conciencia por el gozo interior,
enclaustrado, pertrechado de exquisiteces: “Tú no puedes saber/ qué
laboriosamente me entregué / a no hacer nada y soñar furibundamente”.
Es
esa trampa psicológica, la idea de la seria negligencia en la que incurrimos
cuando vivimos, casi para nosotros solos, una vasta extensión de tiempo que se
nos ha regalado. Hay maneras de calmar esa desazón, la mayoría falsas, y alguna
más difícil, que exigiría una actitud extraordinariamente generosa. Pero a
veces se vive así porque lo próximo no nos satisface y no sabemos encontrar en
nosotros una magnánima anuencia. Tal vez el listón se pone demasiado alto
cuando se frecuentan las intensidades, las excelsitudes del arte. Por eso el
lamento ante la imposibilidad de encontrar a la mujer vecina, palpable; pero,
sobre todo, exacta: “La mujer atractiva de mi época / no habla mi lenguaje o
vive en paradero desconocido”. Como cuando se refiere a las actrices que lo han
fascinado: “Y yo he ido anotando / todas estas apariciones de bellos espectros
/ en la lista violeta de mis desolaciones perpetuas”.
Es la
sensación de llevar una vida muy intensa en sus entusiastas recurrencias, pero
siempre sustitutiva, demasiado protegida, ya lejos de la osadía juvenil: “Esta
tarde me he comprado un libro: / el acto erótico supremo del día”. Es la
habitación como refugio frente a un mundo que no puede ofrecer sino la
decepción ante tan altas expectativas de quien está acostumbrado a relacionarse
con lo más exquisito: “Es la dulzura incontaminada de la habitación/…./ y soy melancólicamente
feliz / imaginando esa poesía de la redención furtiva”. Afuera está ese:
“Confín vertiginoso de rostros y cuerpos / que no se conocen”. Quizá la salida
sería alcanzarnos en nuestro ser extendido: “Definir un espacio soberano en el
que encarnarnos / y pulverizar los miedos y los dilemas, / y olvidar el olvido/
e intentar, en el otro, rescatarnos”.
En la
tercera parte, El flaneur enardecido, el poeta recoge la expresión de
su nutritiva confluencia con el mundo del arte, cuando, desde la ajustada
soledad se alcanza una sensación de no chirriante pertenencia al mundo, de
unidad, aunque siempre sea desde una denodada salvaguarda de lo propio. Aquí se
trata de encontrar, entre el barullo del mundo, esas “gemas” salvadoras: “El
claror del día concita a los vivientes / bajo la gema de su luz”. ”Examinando
las gemas que hace el agua de la fuente / al brotar”, “la gema quieta de la
tarde toda”, “mi acopio de gemas y perlas imaginadas / se traduce en esta
posibilidad narrativa: / escribir poesía / para hacer rica mi pobreza”, “la
fronda te devuelve gemas ovales y susurros convocadores”. En todos estos
poemas, José María Piñeiro realiza un recorrido por algunos de los puntos
cruciales de su vocación, que es la de apreciar el arte que lo incumbe, el de
algunos escritores o músicos reconcentrados en vibrantes atisbos. Pero, junta a
esas manifestaciones esforzadas, también está la espontánea realidad que se le
ofrece, que él penetra con su actitud deambulatoria. Todo eso que hay que
digerir y hacerlo propio, creativamente: “Y nuestro placer y privilegio
renovados/ es dar nombre a las cosas, / descifrar lo que acontece, / no cesar
de interpretar”. Y eso es algo que no se reduce al juego intelectual sino que
trasciende hasta lo emotivo: “Una tarde la belleza me hizo llorar / al
convertirse en esperanza”.
La
obra de un autor no es la permanencia en una fotografía única, en un momento
absoluto. En este poemario se exponen la intuición, la tentación, la duda, la
posición humana zarandeada por los vaivenes que impone el tiempo. En Poéticas, esa pieza final, fragmentaria, próxima al
aforismo, del que es devoto y maestro el autor, se plasma una de esas pequeñas
sabidurías que todos nosotros, de vez en cuando, alcanzamos, pero que no
sabemos cómo retener frente a la resbaladiza sucesión de los momentos que nos
configuran: “Asegura tu partícula luminosa, / cede a lo que te penetra. / Di tu
alucinación, /no juzgues lo que te pasa. / Di lo que te pasa”. Pero José María
Piñeiro, en un acto de honestidad, de intento de completud de sí mismo, a veces
no se obedece; entonces, se juzga, y se dice a sí mismo que no ha vivido;
afirmación con la que no podemos estar de acuerdo quienes apreciamos su obra,
pues sentimos que está hecha de una vivencia lúcida, sostenida sobre las intermitencias.
En Las raíces del velo encontramos sinceridad,
belleza, y un buen puñado de poemas que albergan una preciosa “harmonía”.
miércoles, 29 de mayo de 2019
Presentación de Las raíces del velo
José María Piñeiro y José Manuel Ramón
Muchísimas gracias por asistir a la
presentación de este nuevo libro de José María Piñeiro: autor inquiero y polifacético,
amigo querido, admirado y seguido desde que empezara a publicar poemas,
aforismos y escritos varios en la revista Empireuma, así como en sus libros
venidos con posterioridad.
Agradecer a Vicente Pina y al personal
de la librería el que se facilite la celebración de este acto y que nos acojan con
generosidad en Códex, una vez más, nuestra librería de referencia en Orihuela:
¡qué gran labor venís desarrollando!
También agradecer públicamente a José
María el que me brindara la oportunidad de acompañarle en esta presentación,
con la que me estreno en este tipo de lides. Podría titularse Dos tímidos muy tímidos, si de una
comedia del absurdo se tratase. Pero no, no es el caso... La nuestra sería, más
bien, una road movie o película de
carretera, de amistad salvando los años.
Quisiera comenzar diciendo que nos
encontramos ante el libro de poesía más confesional de José María Piñeiro. Las raíces del velo, metáfora de
impecable factura, nos remite a la Vida con mayúscula, a su condición dual de volátil
mas anclada en tierra con las firmes raíces de la experiencia. Vida en vuelo
controlado cual cometa en manos, todavía infantes, del ser. Nada más hermoso y
doloroso, al tiempo, que experimentar nuestra libertad bragados con los cordajes
de la propia conciencia. Un libro llegado seis años después de Profano demiurgo, que hasta ahora fuera
su último libro de poesía. Entre medias publicó uno de aforismos, Ars fragminis (2015) y otro de artículos
y ensayos titulado Pasajes escritos
(2017). Llega ahora Las raíces del velo,
un libro valiente y entrañable dedicado a su madre que soñaba con jardines y bodas... Dedicatoria que nos conmueve a
todos los que la conocimos y tratamos, una mujer tan vitalista, alegre y
generosa. Este acto se lo dedicamos también a ella.
PREGUNTA:
José María, ¿qué hay detrás de esa dedicatoria?:
Bueno,
he cuidado de mi madre durante cinco años, día y noche. Por la madrugada me
llamaba y me contaba sus sueños. En el último medio año, soñaba que se
encontraba en un jardín, ella sola. Aquello era más inquietante que soñar
meramente con bodas o con otras personas conocidas y familiares. La
significación simbólica de “jardín” es la de “morada de las almas”. Es decir,
que se acercaba la hora: la reclamaban desde el otro lado. Tras su
fallecimiento, me acordé del diario que Barthes llevó tras la muerte de su
madre. Algunas anotaciones no sólo las podría haber escrito yo, sino que las he
vivido con literal amargura. Por ejemplo, Barthes escribe: “Hay mañanas tan
tristes”. Así han sido las mañanas de estas Navidades pasadas.
Biografemas,
Confieso que aún no he vivido y El flâneur enardecido son las tres
partes o secciones de este libro que os presentamos. Como afirmó en una
entrevista realizada por Ada Soriano y ahora también aclarado en la contraportada
del libro, podrían haber sido tres libros diferentes. Porque son tres partes
íntimamente relacionadas entre sí y vehiculadas en pos de una búsqueda del Amor absoluto que el autor ha emprendido,
y que todos íntimamente ansiamos o deberíamos ansiar, según infiero. Amor absoluto representado por la verdad
y la belleza, también por la carnalidad y su crudo relato del deseo, en
definitiva, por el ser humano que desbroza su esencia con esa carga de
profundidad que es el arte, dirigido a estimularnos hacia otros niveles de
conciencia diferentes al nuestro.
martes, 7 de mayo de 2019
viernes, 19 de abril de 2019
Publicación de Las raíces del velo de José María Piñeiro
Ha publicado plaquettes de poesía El
légamo de las estrellas (1998) y de aforismos Hilas de papiro (2000), y los libros
de poesía Margen harmónico (2010) y Profano demiurgo (2013). En 2015
salió a la luz otro libro de aforismos, Ars fragminis y en 2017 uno de
ensayos y artículos, Pasajes escritos. Publicamos ahora
su nuevo poemario, Las raíces del velo (2019). Mantiene en internet el blog empireuma.blogspot.com.
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