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jueves, 9 de diciembre de 2021

Presentación de La vida es lo difícil

Javier Puig y Juan Lozano

En primer lugar gracias a todos ustedes por su asistencia y a Vicente Pina, como siempre, por habernos ofrecido este magnífico espacio, para celebrar la aparición de “La vida es lo difícil” con el que Javier Puig cierra con broche de oro su trilogía ensayística publicada por Celesta, editorial madrileña que dirige con gran acierto Rafael González.
Javier comenzó publicando sus artículos en Frutos del Tiempo en 2013 y al año siguiente lo hacía en Mundiario. También ha colaborado en otros medios digitales que han desaparecido de la Red como La Galla Ciencia o Minuto Cero.   Yo conocí a Javier, primero por sus escritos y no tenía ni idea de cómo era. Fue con ocasión de la presentación del poemario Sin lugar seguro de José Luis Zerón en Elche, José Luis vino acompañado de algunos amigos entre los que estaba Javier. Luego he celebrado la aparición de sus artículos y reseñas donde Javier aunaba una capacidad analítica poco común, servida con una gran inteligencia y una elegancia prosística de altura. Curiosamente, Javier trabajaba en Elche, lo ha hecho durante años, y más de una vez José Luis Zerón y yo lo hemos utilizado como “porteador” para hacernos llegar alguna cosa. Javier aprovechaba esos trayectos en tren y los tiempos de espera para leer. Creo que no he conocido a nadie, tengo el convencimiento de ello, que haya leído más que Javier ni visto más películas. Yo mismo soy mal lector y muy poco disciplinado. Javier en cambio era y es un lector extraordinario, dueño de un maravilloso eclecticismo (yo creo que habría que hacer una defensa del eclecticismo, que tiene tan mala prensa y no sé por qué). Javier lo mismo podía leer a Thomas Mann, Schopenhauer o Montaigne que el último libro aparecido de un autor local. Javier, creo yo, tenía y tiene una especial predilección por el ensayo humanista, la filosofía y lo que se ha dado en llamar literatura testimonial. No quiero decir que ese fuera el único momento en que leía pero creo que sí constituía un tiempo importante.  Yo diría que esos trayectos en tren fueron la argamasa y los adobes con los que vas haciendo la pared de sus artículos. Si yo tuviera que definir con una palabra la trayectoria de Javier Puig, esa palabra sería HONESTIDAD. Yo creo que Javier nunca pensó compilar esos artículos en libros. Tuvo que ser la insistencia de sus lectores la que decidiera a Javier dar el paso.
Esto, por sí mismo, no tendría nada de especia. Todos, por fortuna, conocemos gente honesta… pero en el caso de Javier, a ello se une una gran sensibilidad moral y con sólidos, amplios y profundos conocimientos en muchas materias, sobre todo en el área de las Humanidades. Al contrario de lo que sucede con otros autores, ávidos de notoriedad y que continuamente parecen estar en el escaparate, Javier primero y durante años, podemos decir que nos regaló gratis et amore, sus artículos sobre literatura y cine en diversos medios, con una capacidad analítica muy personal, realmente aguda y penetrante. Yo creo que todos los que seguimos de forma habitual los textos de Javier a través de los medios en que los publica, coincidiremos en que, trascienden la frontera de la mera reseña, para convertirse en artículos para atesorar, sin caducidad, y que muchas veces nos sirven de guía emocional para adentrarnos en una novela o en una película. Porque Javier no suele detenerse en cuestiones técnicas ni metodológicas, sino que, utilizando sus propias palabras, “se adentra en los distintos pliegues de la condición humana”, el suyo es un enfoque humanista y emocional, ahondando en “lo puramente humano” utilizando una expresión de Nietzsche. Cuando por las mañanas, estoy desayunando y abro el Facebook y encuentro el enlace a un artículo de Javier, ya es un día con un plus, ya es un día que comienza bien.
La trilogía ensayística a la que me refería al principio, ustedes recordarán, daría comienzo con “Los libros que me habitan” en 2019, siguió con “Miradas de cine” en 2020 y lo hace ahora, o por ahora, con “La vida es lo difícil”, un ensayo de pequeñas biografías o semblanzas a través de los cuales, Javier nos da una visión condensada y bastante fidedigna, siempre con algún toque personal, de figuras conocidas del mundo del arte, la literatura, la filosofía o el cine. También es necesario decir que, al igual que pasa con los dos libros anteriores, no están en este todos los artículos biográficos que ha escrito Javier sino que ha tenido que seleccionar aquellos que podían encajar mejor en el libro.
Pero vamos con el libro que nos ocupa, con el cernudiano título de “La vida es lo difícil”. “Morir parece fácil, la vida es lo difícil” es un verso de un poema de Cernuda de donde extractas el título de tu libro y que yo creo, al igual que la portada, resume a la perfección el espíritu de este corpus de pequeñas biografías o semblanzas que nos trae Javier, dificultad y belleza. En la prosa de Javier encontramos resonancias y referencias de todo tipo. Una de las muchas virtudes de estos textos es que son perfectamente comprensibles, sin mengua de una prosa elegante e inteligente y unas marcas estilísticas propias. Algo muy interesante y útil es que Javier nos ofrece en cada semblanza, para quien quiera profundizar en algunos de los personajes, son las referencias bibliográficas, documentales o cinematográficas que ha tomado Javier como base para cada uno de sus artículos.
Evidentemente no todas las vidas tienen el mismo interés, hay incluso autores y artistas que han llevado una vida completamente anodina y sin embargo nos han legado obras inmortales. Un músico que a mí me gusta mucho, como Federico Mompou, llevó una vida completamente intrascendente. Es en aquellos en los que existe una dicotomía entre el yo y el mundo al que se enfrentan de los que podemos sacar una enseñanza de vida. Como el mismo Javier nos dice no es mitómano, no tienen un enfoque hagiográfico e incluso aquellos personajes que más le interesan, tienen sus luces y sus sombras. En total, son 40 personajes.  Javier nos dice en el prólogo que su pretensión ha sido la de que, en unas pocas páginas, el lector obtuviera seleccionados los rasgos más significativos del personaje, aquellas manifestaciones vitales que podrían ayudarlo a profundizar en el conocimiento de la complejidad de la mente humana. Es lo que Javier, en el trasfondo de estas vidas contadas, nos está descubriendo, donde está la clave, no solo ya de este libro sino de la trilogía. Javier nos está desvelando la complejidad del alma humana.
El libro está dividido en varias partes. La primera, “Entre la filosofía y el espíritu” tenemos aquellos personajes con una vida interior muy rica y aquellos cuyo pensamiento y creencias han hecho evolucionar las costumbres y la forma de ver el mundo, como Gandhi, Ernesto Cardenal, Tolstoi, Montaigne o Schopenhauer. En el segundo, “La vida imposible”, donde encontramos a Stefan Zweig, Alejandra Pizarnik, Cesare Pavese o Marilyn Monroe que pusieron fin a su vida por falta de esperanza, por no verse capaces de poder afrontar la vida. La tercera, “Vejez, muerte”, encontramos a aquellos en los que la vejez o la enfermedad hicieron especial mella en su obra, como Kérstesz, Oliver Sacks, Henning Mankell y Aurelio Arteta. En la cuarta “Tanto penar” personajes a los que la vida no trató especialmente bien, como Billie Holiday, Van Gogh, María Callas, Miguel Hernández o Chet Baker. En la quinta, “Vidas en su tiempo” encontramos a Pio Baroja, Tarkovski, D´Annunzio o Luis Buñuel, escritores enclavados en unas determinadas coordenadas temporales e históricas, que los marcaron especialmente. En la sexta, “Heroínas”, visitamos a la activista Hyeonseo Lee, Mercedes Núñez Targa y Denise Affonço. En “Vidas de poeta” Javier nos trae un auténtico póquer de ases poético, nada menos que Luis Cernuda, Aleixandre, Gil de Biedma y Rilke. Y acabamos con una última parte, dedicada a los epistolarios y libros de memorias, con el título “Vidas escritas” con los epistolarios cruzados de Ramón Gaya y Maria Zambrano, Miguel Espinosa y su amante Mercedes Rodriguez, y los escritos testimoniales de Fernando Aramburu y de Kafka.
Bien, a través de estas páginas, veremos cómo Van Gogh no vendió un solo cuadro en su vida, como María Callas daba gracias a Dios todos los días porque le quedaba un día menos de vida, como Oliver Sacks anunció su adiós a la vida en un periódico, como Luis Cernuda iba a menudo al cine y le gustaban especialmente las películas del oeste, que Schopenhauer tenía muy mal carácter, sobre todo en su juventud cómo Ernesto Sábato no encontró editor para El túnel y un pariente suyo financió su coste.
Ya para terminar, escribió Mark Twain, que los dos días más importantes de tu vida son el día en que naciste y el día en que descubres para qué. Lo que ocurre es que en una época, como la que vivimos, caracterizada por la fragmentación del conocimiento, por la banalización, por un absoluto desprecio a la verdad, yo creo que muchos nunca llegamos a descubrir ese para qué.  Libros como los de Javier Puig nos ayudan a ello, merecen leerse con atención, porque son libros que nos hacen pensar y reflexionar sobre lo verdaderamente importante.
Y yo, ya dejó la palabra a Javier, que seguro nos va a contar cosas más interesantes de las que yo puedo trasmitirles.
 Juan Lozano

martes, 7 de diciembre de 2021

Reseña sobre La vida es lo difícil

 Reseña en empireuma (3/12/2021)


Qué gusto da cuando te aproximas a la obra escrita de alguien que, sin ser obligatoriamente profesional de las letras, satisface los grados de exigencia crítica que el material expuesto en lo publicado precisaría para su correcto disfrute. En este punto recuerdo a Octavio Paz, cuando reclamaba poetas que no fueran filólogos.
Javier Puig es escritor o aspira notablemente a serlo, pero antes ha pertenecido a  una comunidad potencial más difusa y extendida: la de los lectores. Se dice que antes de ser escritor hay que ser un buen lector. Javier Puig leía antes de escribir y seguirá leyendo, probablemente, cuando decida dejar la escritura. La lectura  se revela como el mejor adiestramiento del intelecto. Quien lee con voluntad, incluso con pasión, acaba interpretando brillantemente: la afición a la lectura interioriza contenidos, dinamiza y contrasta la información recogida y, sobre todo, supone el esfuerzo de instalarse en aventuras y desenlaces ajenos, lo cual confirma a su vez, la gran plasticidad asimilativa del lector.  
Como ya sabemos gracias a las inquietudes semióticas, leer no consiste sólo en asimilar texto escrito: se lee la arquitectura, la música, la historia... Es por ello que un lector aplicado como Puig “lea”, interprete películas o biografías como vasos comunicantes de una misma y fascinadora intelección.
Efectivamente. En La vida es lo difícil, conversión en epígrafe del famoso verso cernudiano, Javier Puig nos propone una serie de retratos y biografías fulminantes de personajes relevantes en los más distintos ámbitos de la ciencia, el arte o la literatura. Por el libro desfilan tanto cantantes o poetas como novelistas o actores: Nina Simone, Kafka, Tarkovsky, Luis Cernuda, Marylyn Monroe, Gandhi, o Miguel Hernández son unos pocos ejemplos de este suculento abanico de personalidades que tanto por sus biografías como por las versiones críticas que de ellos mismos nos da el interés que suscitan, ocupan un puesto singular en la historia moderna, mayormente, contemporánea.
Puig no nos presenta a los distintos personajes sumidos en una lista monocorde, sino que discrimina según las circunstancias vividas así como por las peculiaridades psicológicas o intelectuales. De este modo hay personajes extremos, como Alejandra Pizarnik o Pavese; heroínas como Mercedes Núñez Targa; hombres de espíritu como Ernesto Cardenal o Schopenhauer; o bien, personalidades que vivieron su época y la encarnaron como Pío Baroja o D´Annunzio.   
Javier Puig consigue mantener el interés de la lectura en todos y cada uno de los retratados aquí, porque, por un lado, son ya objetivamente interesantes en sí mismos, y por otro, porque la escritura de Puig los atiende con la misma pasión lectora y nivel crítico. La calidad del retrato de Puig consiste en que no provoca  especulación tendenciosa sobre las particularidades del hombre o de la mujer cuyo itinerario existencial intenta describir: la información que maneja la extrae de las mejores y últimas biografías que han aparecido sobre los aludidos en cuestión, exponiendo un balance crítico y mesurado de sus vidas. 
Es previsible que alguno de los seleccionados en esta antología vital, susciten más o menos recelo, incluso rechazo o ciega admiración. Si las semblanzas de Puig sortean estos inconvenientes es por su cautela ante los personajes más cautivadores así como por la capacidad de síntesis y contraste que su escritura administra ante realidades tan admirables como únicas.
El título del volumen es explícito y refiere una razón contundente: lo difícil, lo fascinante, el mayor film imaginable es la vida, y esto resulta más notable, todavía, cuando esa vida se vive con intensidad, con perplejidad, con pasión.
Echando un vistazo al libro de Puig, uno recibe un impacto que se merece un comentario general aparte, y que reclamaría una suerte de exégesis de lo que han significado tantas existencias insólitas articulando eso que llamamos modernidad.
Podían haber sido otros los seleccionados por Puig en su recorrido, pero no hay menoscabo alguno en ello, pues cualquiera de los retratados que nos encontramos aquí confirmaría por sus propias vicisitudes, el compromiso, la aventura fulgurante que es el vivir. 
 
José María Piñeiro

lunes, 22 de noviembre de 2021

Publicación de La vida es lo difícil de Javier Puig

Javier Puig nació en 1958 en Barcelona, aunque, desde 1988, reside en Orihuela (Alicante). Ha escrito cerca de cuatrocientos artículos, mayoritariamente sobre literatura y cine, que se han venido publicando en revistas como La Lucerna y en distintos medios digitales, como el periódico Mundiario, y en blogs especializados en literatura como Frutos del Tiempo.

Dos selecciones de los mismos han sido recogidas en Los libros que me habitan (2019) y Miradas de cine (2020). Además, sus poemas y relatos han sido incluidos en revistas como Empireuma, así como en diversos libros colectivos. En 2020, publicó la plaquette de poesía, Estancias en la finitud. La vida es lo dífícil es su tercer libro recopilatorio de artículos.

viernes, 21 de febrero de 2020

Reseña de Las personas del verbo


Reseña en Frutos del tiempo (15/02/2020)

Las personas del verbo (Editorial Celesta, 2020), es el último poemario de Rafael González Serrano. El enérgico caudal de su poesía irrumpe en el lector penetrándolo con su sustancia sugestivamente enunciadora, que se presenta como una apretada sucesión de imágenes inéditas, encontrando un cauce donde verterse seguro, sin accidentes de ritmo, desbordante de ideas que transgreden el mero pensamiento, encumbrándolo hasta las más arriesgadas exploraciones. Allí, en aquellos terrenos, el paralelismo de la realidad parece inasible. Los versos del poeta asumen el logro de una mirada muy singular, una perspectiva única, un arranque de potente luz que brota en la puntual incidencia de lo insoslayable. Es la búsqueda de una descripción que rebase la inflexible compartimentación de los conceptos, la manida y preceptiva explicación de lo extraño.
La poesía de Rafael González valientemente se presenta desasida de ostensibles narraciones que pudieran aflojar la tensión que impone a sus versos, hechos de rigurosos vislumbres, de presentimientos que llaman a los recovecos de lo más propio. Su cadencia se instala en una celebrante imaginación, en una orgía de la continua metáfora que no aspira a la exacta correspondencia sino a una certera pulsación de lo concerniente. Y es que esta voz se asienta en el ámbito de la palabra, en su pequeño universo dispuesto a una perpetua expansión creativa: “La palabra me buscaba / entre sus sílabas / con la persistencia y el afán / del explorador de acentos, / para saber si era / un devoto del verbo. / Pero había desertado / hacía tiempo / al lugar / carente de signos”.
El poema crea un paisaje imprevisto, una sucesión de voces que marcan el territorio del sentimiento: “Me persigo por ensenadas / de perfumes muertos, / por laberintos donde / los soles nacen al ocaso…atravesando inconsciente / pasillos de gasa negra, / para acabar retornando / a la orilla de mi máscara”. Son las nuevas sensaciones, o las viejas recuperadas de su postergación en lo oscuro. Es el dúctil camino de la palabra: “Buscamos en el verbo / fervores de imágenes / y esqueletos de metáforas, / en un laberinto de sospechas”.
Nos hallamos ante una poesía extremadamente alejada de lo prosaico, que se esfuerza en fundar un nuevo aliento del lenguaje. Lo inédito es aquí un camino abandonado al que se nos invita a entrar y en el que nos sentimos sorprendidos por una nueva enunciación de laberintos. No son poemas que estén escritos para una superficial atención. Si su música y su poco definida sugerencia suenan muy bien desde el principio, su superior riqueza solo se capta —o se atisba— en una o varias lecturas detenidas. No hay demasiadas pistas sino sutiles descripciones de lo realmente imaginado.
La primera parte del poemario, Desanudando el yo, nos introduce en las variables de la propia personalidad. De esta parte, destacaría el poema (ninguno tiene título) que se inicia con los versos: “Yo salí de mi patria / hace ya siglos, / y conté a los hombres / lo oscuro de la sintaxis / y el engaño de la palabra”. Y finaliza, en ese ejercicio de introspección, adherido al lenguaje, porque la palabra es, al fin y al cabo, la herramienta que sustancia nuestro pensamiento, el intento de aprehensión de la mirada primigenia, la forma que tenemos de interactuar con el mundo: “Al final no quise ver / a nadie, comí / de la flor del loto, bebí / de la fuente de la amnesia, / y me dispuse a enfrentarme / a mi mirada. / Aunque, a cada intento, / aparto el rostro de mí”.
En la segunda parte, Tu pacto con la letra, hay una indagación propia a través del “tú”: “Tú no eres tú / sin enfrentarte al espejo de los otros, / en el borde de un océano / de planetas / que giran sobre el eje / de una mirada indiferente”. Es un “tú” que sería la contemplación del “yo” caído, aparecido en el mundo: “Inventas una ventana / cada vez que miras el cielo / para poder enmarcar / la ciudad de los dioses, / y poner un poco de mirada / —de pupila y de calor— / en su cruel indiferencia”.
En Acecha su pronombre, el poeta se interna en aquello que no tiene un sujeto preciso, o no es algo personal sino a veces una indefinida presencia oscuramente ominosa: “Llegó como un puñal / que rasgase la túnica / de un consuelo inerte, / que hiriese la piel / de la imposible queja, / haciendo del aullido / la razón del firmamento”.
Coral de acercamientos / Plural de incertidumbres, es el último apartado del libro y el que contiene unos poemas cuya voz parece situarse en una exterioridad del presente, desde la que se divisan las acciones claudicadas, y revelan el sustento que transparenta las conexiones con el irreductible secreto, con la recíproca clandestinidad. “Adelgazar el verso / hasta que ellos no sepan / dónde nos escondemos / o si vosotros  nos / habéis acogido en el exilio”. Y es que hay una sensación de posición indefensa ante las abrumadoras fuerzas de lo fatalmente gregario: “Llegarán para quedarse / entre ceremonias de dominio / y atlas huérfanos  de meridianos; serán aclamados por la ofrenda / de la piedra desnuda de sal / y estómagos ahítos de banderas”.
Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad, nos impacta haciéndonos sentir invitados a unas estancias en las que queda arrasado el melifluo discurso cotidiano y se alzan nuevos enclaves para la irreverente verdad.  “Queremos salvarnos con las palabras / que nombren la desdicha del silencio / y que abran la puerta del secreto”.
Javier Puig

domingo, 16 de febrero de 2020

Reseña de Miradas de cine


Reseña en empireuma (3/02/2020)

El cine es la vida. Ha llegado a serlo, tras aparecer, equívocamente, en el horizonte de la historia como un mero invento, como un sorprendente artilugio capaz de representar imágenes en movimiento, tal y como estaba persiguiendo, experimentalmente, el hombre desde las últimas décadas del XIX. Es por ello que el cine es el ejemplo más notorio de alianza entre la tecnología y el arte, pues su producto –el film– se ha convertido en la forma narrativa por excelencia.
El cine es la memoria del hombre, tal y como lo son los poemas homéricos sobre los orígenes  mitológicos. Y si el cine es la vida, el registro que pretenda hablar de él de un modo más o menos profesional, más o menos crítico, tendrá que ser, en principio, tan poco dependiente de tendencias o modelos como generoso en sus consideraciones.
Por mucho que podamos referirnos a la autoridad de las Academias de cine, a los análisis semióticos de los textos fílmicos, a las últimas derivaciones de la reflexión filosófica aplicada al desciframiento de las imágenes sucesivas tal y como ya hiciera Guilles Deleuze, el cine requiere, sobre todo, una mirada como la que el propio cine articula: multidireccional y humana, simbolizante y descriptiva, cualitativa, sobre todo con respecto a cualquier azar o detalle que resulte significativo en el desarrollo narrativo, y por lo tanto abierta a lo que la fábula cinematográfica pretenda decirnos de los destinos del alma humana.  El cine y  la vida: quién copia a quién resulta, al final, baladí, aunque la interpretación más sorprendente y misteriosa pueda ser la de  que es la vida o la naturaleza la que copia al arte, y no al revés.
Digo todo esto porque el comentario, más que el análisis, que  Javier Puig va exponiendo en esta selección de películas, visionadas repetidamente y con pasión, resulta tan mesurado como preciso, al no depender de otra técnica crítica que la que propician los propios sentidos alertas en la recepción del film.
Precisamente esa semejanza entre el cine y la vida, hace que la significación última de toda película no dependa de los balances de hermenéuticas o semióticas diseñadas para tal discurso, lo cual facilita que cualquier buen espectador pueda realizar exámenes tan válidos como sorpresivos. En este caso el buen criterio de Javier Puig y su capacidad descriptiva, nos introduce en el decurso profundo de la película en cuestión, haciéndonosla ver por primea vez o estimulando en nosotros el deseo de verla de nuevo. 
La bibliografía sobre cine no exime, independientemente de sus atributos intelectuales, de cierto glamour. Esta obra de Javier, que es la selección de una serie de comentarios sobre cine publicados en la red, no sé si cumple con este requisito, pero sí que se suma a lo más distinguido e ilustrativo que, al menos, por estos lares, se ha publicado sobre el Séptimo Arte.
El cine consiste en contar historias. Y Javier Puig, al comentar las películas que ha visto, también nos cuenta y nos describe lo que ha visto. Aquí la emoción nos muestra que Javier tiende a posicionarse en el disfrute entrañable, es decir, consciente, de la película –como tiene que ser, diría yo– sin que tal posición disperse o determine la perspectiva de esa mirada fílmica sobre la que se arroja, a su vez, la mirada de nuestro amigo, pues el cine es también filmación de atmósferas, en la que todo –contaste fotográfico, duración de secuencias, impacto del sonido– contribuyen a tal expresión ambiental.
Creo que, en definitiva, a lo que este libro de Javier Puig invita es a que sigamos disfrutando, aprendiendo con el cine. Su experiencia catártica consiste, fundamentalmente, en estas dos cosas. 
El libro, publicado por la editorial madrileña Celesta, se presentó en la librería Códex de Orihuela el día 30 de enero pasado.
José María Piñeiro

viernes, 14 de febrero de 2020

Reseña de Miradas de cine

Reseña en Mundiario (5-02-2020)

El pasado 30 de enero se presentó en la librería Códex de Orihuela el segundo libro de Javier Puig, "Miradas de Cine", editado por la madrileña editorial Celesta. Si en Los Libros que me habitan, opera prima editada también bajo el sello Celesta, Puig reunía 40 reseñas literarias, este volumen recoge una selección de 41 artículos de la amplia producción de textos del autor inspirados en películas y que han ido apareciendo en diversos medios digitales.
Algunos de ellos han formado parte de una serie titulada Diario de un cinéfilo, insertada en el blog Frutos del tiempo. Otros artículos de Miradas de Cine fueron incluidos en la desaparecida web de la revista La Galla Ciencia, en su sección de Literatura y Cine. Los puentes de Madison, Sonata de Otoño, Ordet, Gertrud, Stalker, La strada, la trilogía de El Padrino, Muerte en Venecia, Tristana, El abuelo, Johnny cogió su fusil y Doctor Zhivago son algunas de las películas analizadas por Javier Puig, colaborador habitual de Mundiario.
Se llenó el aforo de la librería Códex con la presencia de escritores, artistas y amantes del cine. La poeta María Engracia Sigüenza inició el acto con la lectura de un texto muy atinado. Para la escritora oriolana, Miradas de Cine: "es una declaración de amor al séptimo arte; una reivindicación del cine como herramienta de aprendizaje, de autoconocimiento, y como expresión artística capaz de turbar, pero también de consolar". Considera asimismo que "es un sugerente título, abierto a un juego de espejos, al caleidoscopio que podemos encontrar cuando nos sumergimos en una película".
"Por una parte, las miradas de los cineastas que cobran vida en el libro (Chaplin, Coppola, Bergman, Buñuel, Dreyer, Hanecke, Kazan, kiéslowski, Kore-eda, Visconti o Tarkovski, entre otros), nos regalan con sus obras su visión del mundo, tienen algo que contar y saben hacerlo con un estilo propio, convirtiéndose en creadores, en artistas; por otra, la mirada de Javier, su manera de analizar las imágenes fílmicas, de desentrañar las historias reviviéndolas, dibujando a través de las palabras todo un mundo de sentimientos, de peripecias vitales que hace suyas, y que comparte con nosotros dejándonos penetrar al otro lado del espejo, actuando de mediador entre el espectador y la obra cinematográfica; y por último, el título apela también a nuestra mirada, y en última instancia, a la de la película recreada que parece tener vida propia y mirar en nuestro interior. Y puesto que el cine es el arte de la mirada, el libro nos invita también a educarla, nos ayuda a descifrar la riqueza y complejidad del lenguaje cinematográfico para poder disfrutarlo en todo su esplendor."
Para Sigüenza, el lenguaje de Puig : "es preciso y rico en matices, y está siempre al servicio de una exquisita sensibilidad y de una gran penetración psicológica. Es por ello que nuestro autor consigue el milagro de aunar la sencillez y la hondura, la disertación amena, no exenta de erudición y la subjetividad de la pasión, porque nunca pretende ejercer de crítico, ni sentar cátedra, sino compartir con nosotros sus descubrimientos, sus reflexiones sobre unas obras que admira; obras que indagan en la naturaleza humana a través de los dilemas y las tribulaciones de unos personajes que percibimos cercanos por muy lejos que nos encontremos de ellos".
La presentadora destacó, además, que en este libro: "No se puede describir mejor lo que una obra de arte nos puede hacer sentir. Fotogramas de literatura. La magia de las palabras al servicio de la magia del cine".
A continuación, María Engracia Sigüenza mantuvo una amena y enriquecedora conversación con el autor, durante la cual se habló de cómo se originó la pasión cinéfila de los interlocutores, de la relación y la distancia que hay entre cine y literatura y acerca de la gestación del libro. Javier Puig lanzó está reflexión (que también recoge en el texto que él mismo escribe como prólogo de su libro): "De la misma manera que existen  numerosísimas traslaciones de novelas al cine, siempre he pensado que bien podría existir lo contrario. Hace bastantes años, me llamó la atención una colección que se vendía en los kioscos y que estaba formada por novelas inspiradas en películas. Pero esta fue la única excepción que recuerdo. Sin embargo, sí que se han escrito numerosos ensayos sobre el cine; incluso existen algunos relatos en los que hay una importantísimo protagonismo de algún mito de la pantalla grande". En cuanto a la selección de los artículos de Miradas de Cine, aclaró el autor que "cuando escribo sobre literatura no siempre escojo necesariamente las películas más perfectas, sino aquellas que activan en mí esa, a menudo, secuestrada sensibilidad cuyo retorno siempre espero".
María Engracia Sigüenza y Javier Puig conversaron con serenidad, complicidad, desparpajo poético y sentido del humor. El público participó en un coloquio que se prolongó durante más de un cuarto de hora.
 Ada Soriano

martes, 4 de febrero de 2020

Presentación de Miradas de cine de Javier Puig

Mª Engracia Sigüenza y Javier Puig

Andrei Tarkovski en su ensayo Esculpir en el tiempo afirma: “El arte y la ciencia son formas de apropiarse del mundo, formas de conocimiento hacia la verdad absoluta”. Y la escritora Lola López Mondéjar, en su libro El factor Manchausen: psicoanálisis y creatividad, nos dice: “Sin el arte, sin la obra de los artistas el mundo no sería soportable”.
Estas y otras reflexiones me han venido a la cabeza mientras disfrutaba del libro que nos ocupa; porque este es, a mi juicio, una declaración de amor al séptimo arte; una reivindicación del cine como herramienta de aprendizaje, de autoconocimiento, y como expresión artística capaz de turbar, pero también de consolar.
Miradas de cine me parece además un sugerente título, abierto a un juego de espejos, al caleidoscopio que podemos encontrar cuando nos sumergimos en una película. Por una parte, las miradas de los cineastas que cobran vida en el libro (Chaplin, Coppola, Bergman, Buñuel, Dreyer, Hanecke, Kazan, kieslowski, Kore-eda, Visconte o el mencionado Tarkovski, entre otros): ellos nos regalan con sus obras su visión del mundo, tienen algo que contar y saben hacerlo con un estilo propio convirtiéndose así en creadores, en artistas; por otra parte, la mirada de Javier, su manera de analizar las imágenes fílmicas, de desentrañar las historias reviviéndolas, dibujando a través de las palabras todo un mundo de sentimientos, de peripecias vitales que hace suyas, y que comparte con nosotros dejándonos penetrar al otro lado del espejo, actuando de mediador entre el espectador y la obra cinematográfica; y por último, el título apela también a nuestra mirada, y en última instancia, a la de la película recreada que parece tener vida propia y mirar en nuestro interior. Y puesto que el cine es el arte de la mirada, el libro nos invita también a educarla, nos ayuda a descifrar la riqueza y complejidad del lenguaje cinematográfico para poder disfrutarlo en todo su esplendor.
Con una prosa elegante y pausada, llena de ritmo interior, el autor va analizando las películas, contagiándonos el amor que siente hacia ellas. Nos allana el camino, y de su mano accedemos a ellas sin huir del dolor, de la incertidumbre, del miedo o la turbación que puedan provocarnos. Porque la fuerza del arte, ese que nos transciende, ese que es intemporal o más bien eterno, no evita ningún sentimiento humano, sino que indaga en ellos, quiere comprenderlos haciendo suyas las palabras de Sócrates cuando dijo que “El mayor de todos los misterios es el hombre”.
Cine envolvente el que explora este libro, y lo hace con palabras envolventes.
El lenguaje que utiliza Javier es preciso y rico en matices, y está siempre al servicio de una exquisita sensibilidad y de una gran penetración psicológica. Es por ello que nuestro autor consigue el milagro de aunar la sencillez y la hondura, la disertación amena, no exenta de erudición y la subjetividad de la pasión, porque nunca pretende ejercer de crítico, ni sentar cátedra, sino compartir con nosotros sus descubrimientos, sus reflexiones sobre unas obras que admira; obras que indagan en la naturaleza humana a través de los dilemas y las tribulaciones de unos personajes que percibimos cercanos por muy lejos que nos encontremos de ellos.
De esta manera, el autor nos hace sentir, ver y oír unas historias que poco a poco penetran en nuestro interior convirtiéndose en una sinfonía de imágenes. Y digo sentir, porque en la médula de estos artículos late una filosofía humanista que nos insta a mirar de la manera más profunda posible.
Javier nos recuerda que cada una de estas miradas de cine pretende alcanzar la universalidad, que sus creadores parten de una realidad concreta para alzarse por encima de ella y hacernos entender un poco mejor la compleja diversidad que nos rodea; partiendo de otras vidas nos ayudan a entender la Vida con mayúscula.
Son historias que no pueden dejarnos indiferentes, a poco que nos preocupen nuestros semejantes y nuestra propia condición humana. Porque cada una de ellas nos abre los ojos a la belleza y a la fealdad del mundo, al mismo tiempo que nos interpela, que nos obliga a mirar en nuestro interior, a pensar en nuestras contradicciones, en nuestra conciencia y en nuestra responsabilidad ética como sujetos históricos.
Así, en estas notables películas que, en su mayoría, forman parte del imaginario colectivo de quienes amamos el cine, se tratan las relaciones familiares desde sus múltiples ángulos, se disecciona el amor, el devastador paso del tiempo, la búsqueda de las utopías, los sueños y su difícil encaje en la vida diaria, la lucha de clases, la justicia y su antítesis, la hipocresía, la maldad,  la inocencia y la bondad, y también la sociopatía y la violencia en algunas de sus más terribles manifestaciones, y hasta el sentimiento filosófico, metafísico y cósmico que nos embarga, como seres inmersos en un universo inabarcable que siempre intentamos descifrar.
La parte final del libro es un interesante análisis sobre las íntimas conexiones que existen entre el cine y la literatura. Y es que uno y otro, como bien nos explica el autor, aunque utilicen lenguajes diferentes, se necesitan, se vampirizan mutuamente.
La literatura construye imágenes en nuestra mente, y el cine escribe con imágenes, pero ambos parten del lenguaje, de la necesidad de comunicar, de contar historias. Y ambos nos permiten viajar a lugares desconocidos, nos invitan a vivir aventuras, a multiplicarnos poniéndonos en la piel de personas muy diferentes a nosotros; ambos ensanchan nuestra mirada y nuestra humanidad haciéndonos desarrollar, en definitiva, algo tan necesario para convivir como la empatía. Y, por supuesto, no podemos olvidar la capacidad que tienen de hacernos soñar, de hacernos sentir que el tiempo se expande. Ese quizá sea el poder terapéutico del arte.
Hay en este libro recomendaciones que abarcan distintos géneros, estilos, temáticas y épocas. Y todas ellas nos entretienen de la mejor de las maneras: haciéndonos aprender. Y es que un buen libro siempre es un antídoto contra el aburrimiento, una promesa de consuelo, de evasión enriquecedora, y si además es un buen libro sobre ese universo deslumbrante llamado séptimo arte, el gozo está asegurado.
Este es un libro que se saborea, que provoca un sosegado deleite, que nos mantiene absortos, mientras nos sumerge en cada una de las historias que desgrana con profundidad y delicadeza, y eso en nuestro mundo actual donde prima la rapidez, la superficialidad y la dispersión es todo un lujo.
Y parafraseando las palabras de Javier en el artículo titulado “Doble muerte en Venecia”, si Visconti se apoya en Mann y en Mahler para construir una película hermosa, una obra que logra su razón de ser, nosotros podemos afirmar que en estas Miradas de cine nuestro autor se apoya en un puñado de obras de arte para construir un libro muy recomendable, una obra literaria con entidad propia.
Termino mencionando un extracto del artículo “Extraños en un tren”, donde, con un lenguaje que roza la poesía, el autor nos explica  el efecto que puede provocar el arte del maestro Alfred Hitchcock: Se apodera de nuestras emociones y nos aproxima peligrosamente a lo invivible. Cuando, ya al final, nos libera de esa prolongada turbación, aterrizamos, trastocados aún, en nuestra serena realidad, en nuestra vida lenta, con sus constantes preguntas y sus sigilosas amenazas.
No se puede describir mejor lo que una obra de arte nos puede hacer sentir.
Fotogramas de literatura. La magia de las palabras al servicio de la magia del cine. 
Mª Engracia Sigüenza Pacheco


Vista de la abarrotada librería Codex

jueves, 16 de enero de 2020

Publicación de Miradas de cine de Javier Puig

Javier Puig (Barcelona, 1958) reside desde 1988 en Orihuela. Dedicado profesionalmente a tareas administrativas, ha destinado a sus pasiones –la literatura y el cine– buena parte de su tiempo, habiendo escrito más de trescientos artículos que se han ido recogiendo en diversos medios.
Sus trabajos se han publicado en revistas como La Lucerna, así como en distintos sitios digitales: el periódico Mundiario y en páginas web (La Galla Ciencia o Frutos del Tiempo). Además, ha publicado poemas y cuentos en la revista Empireuma y participado en diversos libros colectivos. Reunió en Los libros que me habitan (2018) una selección de sus artículos sobre literatura. Miradas de cine es pues su segundo libro publicado, en este caso sobre tema cinematográfico.

miércoles, 12 de junio de 2019

Reseña de Las raíces del velo

Sobre Las raíces del velo de José María Piñeiro, por Javier Puig.

Reseña en Frutos del tiempo, 29/05/2019

Desde su versátil capacidad literaria, y después de seis años, José María Piñeiro vuelve a ofrecernos una amplia muestra de su poesía en Las raíces del velo, editado por Celesta. El poemario está dividido en tres partes, cada una de las cuales, como se dijo en la presentación que tuvo lugar en Orihuela, podría constituir una obra independiente. Esto es así porque hay una suficiente diferenciación, y, dentro de cada una de ellas, una coherencia propia; lo que no obsta para reconocer un nexo común, el que se deriva de la marcada personalidad del autor, y que se manifiesta en esa sensible percepción de “el espectáculo de la vida”, del que exprime su intensidad, aunando, en variables proporciones, lo sensorial y lo intelectual.
En la primera parte, Biografemas, hallamos la rememoración de esos contactos con el mundo que resultan significativos, que se imprimen en el ser desde el impacto emocional, desde el descubrimiento que nunca se deja de repasar para continuar afinándolo con nuevas sutilezas. Se habla aquí del espíritu aventurero de la primera juventud, de las atrevidas incursiones en los parajes prometedores, en los espacios ocultados por el mundo impuesto. Es la intrínseca validez de la experimentación, el alegre juego de avanzar para alcanzarse más allá del previsible uno mismo. Pero también hay poemas intemporales, que reflejan una constante vital, esa arraigada posición que indaga desde el austero hedonismo, la creencia en que lo más contiguo al propio ser, el más adherido límite con lo ajeno, ya revela la inconclusa paradoja de la existencia.
En la segunda parte, Confieso que no he vivido, el poeta se somete a un autoanálisis, revisa su trayectoria vital y echa a faltar una mayor exterioridad, una más completa vivencia de las posibilidades del trayecto humano. Si antes, la retrospección era meramente contemplativa, si la mirada se situaba apartada de un responsable protagonismo, ahora la encontramos atrapada en una valoración severa, implacable, sometida a una estricta regla que no perdona la visión de las carencias, sino que las amplifica; sobre todo, la de un indefinible ser íntimo capaz de acompañar, de compartir, de mullir los propios pasos.
Ahora, ese paraíso concentrado, poco más que casero, se ve como baldío. Ese ámbito querido que tantos momentos de plenitud ofrece, pero al que se le achaca su incapacidad integradora: “… Y los libros inertes que sustituyen a los amigos”. Allí es rara la afectuosa conversación, la viva reciprocidad: “A mí me ha vencido la pereza y la belleza”. Es la mala conciencia por el gozo interior, enclaustrado, pertrechado de exquisiteces: “Tú no puedes saber/ qué laboriosamente me entregué / a no hacer nada y soñar furibundamente”.
Es esa trampa psicológica, la idea de la seria negligencia en la que incurrimos cuando vivimos, casi para nosotros solos, una vasta extensión de tiempo que se nos ha regalado. Hay maneras de calmar esa desazón, la mayoría falsas, y alguna más difícil, que exigiría una actitud extraordinariamente generosa. Pero a veces se vive así porque lo próximo no nos satisface y no sabemos encontrar en nosotros una magnánima anuencia. Tal vez el listón se pone demasiado alto cuando se frecuentan las intensidades, las excelsitudes del arte. Por eso el lamento ante la imposibilidad de encontrar a la mujer vecina, palpable; pero, sobre todo, exacta: “La mujer atractiva de mi época / no habla mi lenguaje o vive en paradero desconocido”. Como cuando se refiere a las actrices que lo han fascinado: “Y yo he ido anotando / todas estas apariciones de bellos espectros / en la lista violeta de mis desolaciones perpetuas”.
Es la sensación de llevar una vida muy intensa en sus entusiastas recurrencias, pero siempre sustitutiva, demasiado protegida, ya lejos de la osadía juvenil: “Esta tarde me he comprado un libro: / el acto erótico supremo del día”. Es la habitación como refugio frente a un mundo que no puede ofrecer sino la decepción ante tan altas expectativas de quien está acostumbrado a relacionarse con lo más exquisito: “Es la dulzura incontaminada de la habitación/…./ y soy melancólicamente feliz / imaginando esa poesía de la redención furtiva”. Afuera está ese: “Confín vertiginoso de rostros y cuerpos / que no se conocen”. Quizá la salida sería alcanzarnos en nuestro ser extendido: “Definir un espacio soberano en el que encarnarnos / y pulverizar los miedos y los dilemas, / y olvidar el olvido/ e intentar, en el otro, rescatarnos”.
En la tercera parte, El flaneur enardecido, el poeta recoge la expresión de su nutritiva confluencia con el mundo del arte, cuando, desde la ajustada soledad se alcanza una sensación de no chirriante pertenencia al mundo, de unidad, aunque siempre sea desde una denodada salvaguarda de lo propio. Aquí se trata de encontrar, entre el barullo del mundo, esas “gemas” salvadoras: “El claror del día concita a los vivientes / bajo la gema de su luz”. ”Examinando las gemas que hace el agua de la fuente / al brotar”, “la gema quieta de la tarde toda”, “mi acopio de gemas y perlas imaginadas / se traduce en esta posibilidad narrativa: / escribir poesía / para hacer rica mi pobreza”, “la fronda te devuelve gemas ovales y susurros convocadores”. En todos estos poemas, José María Piñeiro realiza un recorrido por algunos de los puntos cruciales de su vocación, que es la de apreciar el arte que lo incumbe, el de algunos escritores o músicos reconcentrados en vibrantes atisbos. Pero, junta a esas manifestaciones esforzadas, también está la espontánea realidad que se le ofrece, que él penetra con su actitud deambulatoria. Todo eso que hay que digerir y hacerlo propio, creativamente: “Y nuestro placer y privilegio renovados/ es dar nombre a las cosas, / descifrar lo que acontece, / no cesar de interpretar”. Y eso es algo que no se reduce al juego intelectual sino que trasciende hasta lo emotivo: “Una tarde la belleza me hizo llorar / al convertirse en esperanza”.
La obra de un autor no es la permanencia en una fotografía única, en un momento absoluto. En este poemario se exponen la intuición, la tentación, la duda, la posición humana zarandeada por los vaivenes que impone el tiempo. En Poéticas, esa pieza final, fragmentaria, próxima al aforismo, del que es devoto y maestro el autor, se plasma una de esas pequeñas sabidurías que todos nosotros, de vez en cuando, alcanzamos, pero que no sabemos cómo retener frente a la resbaladiza sucesión de los momentos que nos configuran: “Asegura tu partícula luminosa, / cede a lo que te penetra. / Di tu alucinación, /no juzgues lo que te pasa. / Di lo que te pasa”. Pero José María Piñeiro, en un acto de honestidad, de intento de completud de sí mismo, a veces no se obedece; entonces, se juzga, y se dice a sí mismo que no ha vivido; afirmación con la que no podemos estar de acuerdo quienes apreciamos su obra, pues sentimos que está hecha de una vivencia lúcida, sostenida sobre las intermitencias. En Las raíces del velo encontramos sinceridad, belleza, y un buen puñado de poemas que albergan una preciosa “harmonía”.

viernes, 31 de mayo de 2019

Reseña de Los libros que me habitan


Javier Puig, la humildad del conocimiento en Los libros que me habitan.
Por Manuel García Pérez
Ni Javier Marías. Ni Muñoz Molina. Ni Pozuelo Yvancos. Hay un crítico literario que traspasa y se llama Javier Puig, colaborador de MUNDIARIO.  
04 de mayo de 2019

No es amistad, sino la ebriedad. La lectura del libro de ensayos, Los libros que me habitan, del escritor y poeta Javier Puig –colaborador de MUNDIARIO– nos introduce en la interpretación de un amante de la cultura que destaca, en cuanto a calidad, por encima de muchas firmas de suplementos nacionales.
Nuestro colaborador Javier Puig lleva publicando artículos y ensayos sobre su percepción crítica de lecturas, música y películas en muchos blogs y revistas; siempre desde una trabajosa y exquisita prosa, que se echa de menos en periódicos de tirada nacional, donde las reseñas se han convertido en mera promoción más que en un análisis riguroso de la obra.
Publicada en Celesta, Los libros que me habitan es el tránsito de Javier Puig por muchos de sus ensayos publicados a lo largo de estos últimos años, donde la eficacia de su análisis pormenorizado de la obra está vinculada a un manierismo que convierte el ensayo en una obra literaria; una tradición decimonónica y noventayochista que consolidó a autores como Unamuno, Ortega o Marañón, sin obviar los trabajos de Dámaso Alonso sobre los clásicos renacentistas y del Barroco, que siguen siendo un referente de crítica estilística y sensibilidad poética.
Y es precisamente la sensibilidad de lo poético, de lo desconocido, lo que pervive en las líneas de estos ensayos de Puig dirigidos a obras que, de alguna manera, no solo han trazado una educación literaria, sino también  una biografía sentimental hacia la lectura como objeto y fin en sí mismo que cautiva, que nos descubre a un hombre que encuentra en el placer de escuchar y de leer una forma de adentrarse en el conocimiento profundo y abisal de estructuras lingüísticas, párrafos, motivos temáticos, relaciones de autores en el tiempo; una ardua tarea que prácticamente ya no existe en la prensa de nuestro país, por varias razones.
A Javier Puig no le puede ni la presión de editoriales, ni le persigue el tiempo. Su devoción es la devoción del orfebre, de aquel que ha encontrado en el ejercicio de la escritura sobre libros, una clase de ascetismo; en ese ascetismo subiste una creación propia, donde la nostalgia, la inmediatez de lo vivido o las desdichas del pasado comulgan con la obra que se analiza, como si Javier Puig, el poeta, se dejase vislumbrar en esa exégesis, en esos comentarios y subjetividades, como si se destilase la sensibilidad poética de un hombre que ha encontrado en el ensayo la determinación de mostrarse al mundo, de referir su modo de representarlo, de confesarlo, de darnos la posibilidad de usurpar una parte de su intimidad creativa. Y, a veces, esa intimidad creativa es toda la intimidad de un hombre.
Sus aportaciones a las lecturas de Yourcenar, Zweig o Aldecoa declaran que, tras el hecho estético, subsiste el valor literario de un sujeto que analiza los textos desde la racionalidad, sin replegarse al modismo de la subjetividad por la subjetividad, sin caer en ese estúpido vacío de la libre interpretación.
La creatividad de Puig radica en que, sin dejar de analizar el valor central de la obra, su contextualización o su intención original, arbitra otras interpretaciones que prueban su propia capacidad poética, la introspección de la que no puede abdicar, pues Javier es consciente de que, detrás de esos significados concretos, hay algo inefable, místico, en el libro que se trata.
Y es ahí cuando uno descubre que quizá el ensayo de Javier sea el pre-texto y el pretexto para ahondar en la poesía que guarda, para contemplar misteriosamente los entornos, su complejidad, su deriva, a través de autores y obras que sabían que el conocimiento residía no solo en la paradoja, sino también en una certeza, como escribe en su magnífico ensayo sobre Broch y La muerte de Virgilio:  (que) "La palabra nos sirve para decirnos las cosas que sabemos pero nos resultan inalcanzables conscientemente. Pero a la inversa, con las palabras, somos capaces de generar pensamientos inusitados, que no sabíamos que éramos propensos a poseer" (pág. 43)
Lo mejor de esta recopilación de ensayos es esa apuesta firme por una literatura que trasciende, que cambia los mundos, que reivindica las fortunas y desgracias de las sociedades, una literatura que le ha hecho vivir a Javier de una manera intensa su propia vida; entendiendo esa intensidad como una forma de escribir desde la serenidad y la meditación de la que muchos autores y críticos han renegado por intereses particulares. @mundiario


https://www.mundiario.com/articulo/cultura/javier-puig-humildad-conocimiento-libros-habitan/20190504120430152904.html

viernes, 8 de febrero de 2019

Presentación de Los libros que me habitan

José Luis Zerón y Javier Puig

UNA BIOGRAFÍA LECTORA

Javier y yo nos conocimos hace aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena, Javier. Ya tocaba.
            Javier Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: Los libros que me habitan, en edición de la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos, una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia, Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas “que me han producido un sentir cercano a la devoción”.
            Cuando terminé de leer Los libros que me habitan me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca utilizara como título para una de sus conferencias: Dime lo que lees y te diré quién eres. También recordé el neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir, como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Publicación de Los libros que me habitan de Javier Puig


Javier Puig (Barcelona, 1958) reside desde 1988 en Orihuela. Dedicado profesionalmente a tareas administrativas, ha destinado a sus pasiones –la literatura y el cine– buena parte de su tiempo, habiendo escrito más de trescientos artículos que se han ido recogiendo en diversos medios.
Sus trabajos se han publicado en revistas como La Lucerna, así como en distintos sitios digitales: el periódico Mundiario y en páginas web (La Galla Ciencia o Frutos del Tiempo). Además, ha publicado poemas y cuentos en la revista Empireuma y participado en diversos libros colectivos. Se reúne en Los libros que me habitan (2018) una selección de sus artículos sobre literatura.