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martes, 3 de marzo de 2020

Reseña de las personas del verbo


Reseña en empireuma (22/02/2020)

En definitiva, para conocernos y comunicarnos, para instalar el punto estratégico desde el cual lanzar nuestros mensajes a los demás, ¿quiénes somos, de entre todas las personas verbales: nosotros, ellos, aquellos, o, simplemente, nos ubicamos en la primera unidad reconocible: el yo abismático y concreto, el yo irrenunciable y polémico?
La cuestión no es nada banal, casi diríamos que alude al interrogante con implicaciones éticas y filosóficas más crucial: no se trata de saber quiénes somos de modo permanente, qué identidad nos pertenece, qué identidad somos, sino cuál vamos a representar; cuándo, ante el mundo y los otros, nos toca ser nosotros, ellos o yo mismo. Se trata de una cuestión de ubicación espacial y sentimental,  de estrategia conceptual.
Rafael González Serrano utiliza un lenguaje de imágenes dinámicas y precisas, de larga resonancia,  para evocar una memoria que nos ilustre, en un primer momento, sobre la historia y las pertenencias propias de estas personas del verbo que al articularse, despliegan una versión distinta de universo.
Cada persona del verbo, tanto las formas singulares como, especialmente, las plurales, son unidades mitológicas del Ser cuya intensidad y veracidad el poeta, parece querer  rastrear para reconstruir la gran épica secreta de cada uno de nosotros y comprobar cuál es el grado de satisfacción en la empresa realizada a lo largo de la vida. Es urgente que sepamos qué lazos son los que constituyen nuestra identidad común si no queremos que el tiempo arrase con nuestro vacilante testimonio. Y en este lance, la propiedad verbal, el formalismo de los textos, se han revelado, también, difusos. A pesar de la potencia de lo que la palabra pueda comunicarnos, hay una vacilación final que no acaba de solucionarse: lo que creíamos que perdura, se va desvaneciendo a la luz de nuestras evocaciones más fieles. Vívidamente, escribe: Pero ni la palabra encinta,/ni la disciplina de lo fragmentario,/ni el crisol del sintagma/nos enseñaron que ese verbo/ era un tatuaje desvaneciéndose/en la piel de los segundos/que alimentan la exactitud.
Desde Nietzsche ya sabemos que sin gramática no hay ontología.
Para el poeta, las normas pueden ser como columnas de aire: existe hacia ellas una consideración respetuosa que implica la subversión a la hora de imaginar nacimientos nuevos del ser. En este sentido, la nominación clarividente de lo plural, la integración de lo diverso en lo uno, es todavía una aspiración a cierta harmonía. Es por ello que la primera persona del plural no haya perdido ciertas implicaciones éticas y de esperanza: Nosotros/….como en el origen del universo. He ahí un vínculo. En el nosotros no hay enajenación, hay una memoria, un deseo de estar bien en comunidad y en el reconocimiento.
La distancia entre las distintas personas del verbo implica una gradación entre ellas de orden emotivo, social y mental. Entre el nosotros y el vosotros, hay una mayor cercanía, incluso, una más próxima semejanza que entre estas personas del verbo y el ellos, la tercera del plural. ¿Quiénes son ellos: son los extranjeros, los raros, los distintos a nosotros, los extraños, los enemigos, los otros…
Esta mecánica de relación humana es la que se muestra en la que, podríamos llamar, la segunda parte del poemario: la amenaza que para “nosotros” y “vosotros”, supone el advenimiento de “ellos”. Si en los primeros poemas se insinúa un desencanto con respecto a la función de las identidades de las primeras personas del verbo, apuntando a cierto desasosiego metafísico, en los últimos poemarios, se trasluce con claridad el pánico que ellos  representan y la inseguridad que significan para nuestro futuro. Qué curioso que las propiedades de las dos primeras personas del plural determinen tan nítidamente las diferencias con respecto a la tercera, ese amenazante ellos, que conceptuamos como los extraterrestres, los periféricos de nuestro sistema y de nuestra sensibilidad.
Rafael González Serrano también insinúa otra funciones de las personas verbales: o bien, marcas que articulan nuestra historia personal y anímica; o bien, como señalizadoras elementales de la alienación: el espanto súbito que nos atraviesa precisamente porque hemos descubierto que hemos dejado de ser “nosotros” (para ser “otros”, para no ser nadie…).
Afortunadamente, porque sabemos que al ser “nosotros” nunca seremos “ellos”, podemos estar relativamente tranquilos, aunque quizá sea esta, otra forma, la más sutil, de enajenación de nuestra presunta identidad.
José María Piñeiro

viernes, 21 de febrero de 2020

Reseña de Las personas del verbo


Reseña en Frutos del tiempo (15/02/2020)

Las personas del verbo (Editorial Celesta, 2020), es el último poemario de Rafael González Serrano. El enérgico caudal de su poesía irrumpe en el lector penetrándolo con su sustancia sugestivamente enunciadora, que se presenta como una apretada sucesión de imágenes inéditas, encontrando un cauce donde verterse seguro, sin accidentes de ritmo, desbordante de ideas que transgreden el mero pensamiento, encumbrándolo hasta las más arriesgadas exploraciones. Allí, en aquellos terrenos, el paralelismo de la realidad parece inasible. Los versos del poeta asumen el logro de una mirada muy singular, una perspectiva única, un arranque de potente luz que brota en la puntual incidencia de lo insoslayable. Es la búsqueda de una descripción que rebase la inflexible compartimentación de los conceptos, la manida y preceptiva explicación de lo extraño.
La poesía de Rafael González valientemente se presenta desasida de ostensibles narraciones que pudieran aflojar la tensión que impone a sus versos, hechos de rigurosos vislumbres, de presentimientos que llaman a los recovecos de lo más propio. Su cadencia se instala en una celebrante imaginación, en una orgía de la continua metáfora que no aspira a la exacta correspondencia sino a una certera pulsación de lo concerniente. Y es que esta voz se asienta en el ámbito de la palabra, en su pequeño universo dispuesto a una perpetua expansión creativa: “La palabra me buscaba / entre sus sílabas / con la persistencia y el afán / del explorador de acentos, / para saber si era / un devoto del verbo. / Pero había desertado / hacía tiempo / al lugar / carente de signos”.
El poema crea un paisaje imprevisto, una sucesión de voces que marcan el territorio del sentimiento: “Me persigo por ensenadas / de perfumes muertos, / por laberintos donde / los soles nacen al ocaso…atravesando inconsciente / pasillos de gasa negra, / para acabar retornando / a la orilla de mi máscara”. Son las nuevas sensaciones, o las viejas recuperadas de su postergación en lo oscuro. Es el dúctil camino de la palabra: “Buscamos en el verbo / fervores de imágenes / y esqueletos de metáforas, / en un laberinto de sospechas”.
Nos hallamos ante una poesía extremadamente alejada de lo prosaico, que se esfuerza en fundar un nuevo aliento del lenguaje. Lo inédito es aquí un camino abandonado al que se nos invita a entrar y en el que nos sentimos sorprendidos por una nueva enunciación de laberintos. No son poemas que estén escritos para una superficial atención. Si su música y su poco definida sugerencia suenan muy bien desde el principio, su superior riqueza solo se capta —o se atisba— en una o varias lecturas detenidas. No hay demasiadas pistas sino sutiles descripciones de lo realmente imaginado.
La primera parte del poemario, Desanudando el yo, nos introduce en las variables de la propia personalidad. De esta parte, destacaría el poema (ninguno tiene título) que se inicia con los versos: “Yo salí de mi patria / hace ya siglos, / y conté a los hombres / lo oscuro de la sintaxis / y el engaño de la palabra”. Y finaliza, en ese ejercicio de introspección, adherido al lenguaje, porque la palabra es, al fin y al cabo, la herramienta que sustancia nuestro pensamiento, el intento de aprehensión de la mirada primigenia, la forma que tenemos de interactuar con el mundo: “Al final no quise ver / a nadie, comí / de la flor del loto, bebí / de la fuente de la amnesia, / y me dispuse a enfrentarme / a mi mirada. / Aunque, a cada intento, / aparto el rostro de mí”.
En la segunda parte, Tu pacto con la letra, hay una indagación propia a través del “tú”: “Tú no eres tú / sin enfrentarte al espejo de los otros, / en el borde de un océano / de planetas / que giran sobre el eje / de una mirada indiferente”. Es un “tú” que sería la contemplación del “yo” caído, aparecido en el mundo: “Inventas una ventana / cada vez que miras el cielo / para poder enmarcar / la ciudad de los dioses, / y poner un poco de mirada / —de pupila y de calor— / en su cruel indiferencia”.
En Acecha su pronombre, el poeta se interna en aquello que no tiene un sujeto preciso, o no es algo personal sino a veces una indefinida presencia oscuramente ominosa: “Llegó como un puñal / que rasgase la túnica / de un consuelo inerte, / que hiriese la piel / de la imposible queja, / haciendo del aullido / la razón del firmamento”.
Coral de acercamientos / Plural de incertidumbres, es el último apartado del libro y el que contiene unos poemas cuya voz parece situarse en una exterioridad del presente, desde la que se divisan las acciones claudicadas, y revelan el sustento que transparenta las conexiones con el irreductible secreto, con la recíproca clandestinidad. “Adelgazar el verso / hasta que ellos no sepan / dónde nos escondemos / o si vosotros  nos / habéis acogido en el exilio”. Y es que hay una sensación de posición indefensa ante las abrumadoras fuerzas de lo fatalmente gregario: “Llegarán para quedarse / entre ceremonias de dominio / y atlas huérfanos  de meridianos; serán aclamados por la ofrenda / de la piedra desnuda de sal / y estómagos ahítos de banderas”.
Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad, nos impacta haciéndonos sentir invitados a unas estancias en las que queda arrasado el melifluo discurso cotidiano y se alzan nuevos enclaves para la irreverente verdad.  “Queremos salvarnos con las palabras / que nombren la desdicha del silencio / y que abran la puerta del secreto”.
Javier Puig