Ha publicado plaquettes de poesía El
légamo de las estrellas (1998) y de aforismos Hilas de papiro (2000), y los libros
de poesía Margen harmónico (2010) y Profano demiurgo (2013). En 2015
salió a la luz otro libro de aforismos, Ars fragminis y en 2017 uno de
ensayos y artículos, Pasajes escritos. Publicamos ahora
su nuevo poemario, Las raíces del velo (2019). Mantiene en internet el blog empireuma.blogspot.com.
viernes, 19 de abril de 2019
Publicación de Las raíces del velo de José María Piñeiro
viernes, 8 de febrero de 2019
Presentación de Los libros que me habitan
UNA
BIOGRAFÍA LECTORA
Javier y yo nos conocimos hace
aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre
nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta
hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en
antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños
culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho
que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos
desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en
nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena,
Javier. Ya tocaba.
Javier
Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la
literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: Los libros que me habitan, en edición de
la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial
asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera
vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la
honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos,
una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un
poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo
impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que
le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo
así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado
fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo
durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia,
Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas
“que me han producido un sentir cercano a la devoción”.
Cuando
terminé de leer Los libros que me habitan
me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca
utilizara como título para una de sus conferencias: Dime lo que lees y te diré quién eres. También recordé el
neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien
sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios
libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos
biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto
porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a
través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos
autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay
recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y
partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de
su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como
meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el
auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a
la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia
exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le
parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir,
como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito
en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos
pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del
idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar
que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género
mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la
entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su
desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.
viernes, 21 de diciembre de 2018
Publicación de Los libros que me habitan de Javier Puig
Javier Puig (Barcelona, 1958) reside desde 1988 en Orihuela. Dedicado profesionalmente a tareas administrativas, ha destinado a sus pasiones –la literatura y el cine– buena parte de su tiempo, habiendo escrito más de trescientos artículos que se han ido recogiendo en diversos medios.
Sus trabajos se han publicado en revistas como La Lucerna, así como en distintos sitios digitales: el periódico Mundiario y en páginas web (La Galla Ciencia o Frutos del Tiempo). Además, ha publicado poemas y cuentos en la revista Empireuma y participado en diversos libros colectivos. Se reúne en Los libros que me habitan (2018) una selección de sus artículos sobre literatura.
martes, 20 de noviembre de 2018
Publicación de Contingencias de María Toca
María Toca (Santander,
1956), ocupada profesionalmente en el sector de la nutrición y la dietética,
tras formarse en diversos talleres literarios, se ha dedicado a su pasión por
la literatura escribiendo tanto prosa como poesía.
Es coordinadora
y redactora de la revista La Pajarera
Magazine, ha sido finalista y ganadora de varios premios literarios, y
publicado las novelas El viaje a los cien universos
(2015), Son celosos los dioses (2016, premio de novela Ateneo Cultural
de Onda), e incluida en libros de relatos corales como Vidas que cuentan (2015).
Contingencias
(2018) es su primer poemario publicado.
jueves, 9 de agosto de 2018
Publicaciones 2017/2018
Presentamos reunidas en esta entrada las últimas publicaciones de la temporada que finaliza. Agradecemos una vez más a nuestros autores y lectores la confianza depositada en Celesta. A partir de septiembre volveremos con nuevas publicaciones: deseamos que de nuevo despierten vuestro interés.
miércoles, 4 de julio de 2018
Entrevista a María Engracia Sigüenza
Frutos del Tiempo (4 de julio de 2018)
Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano
María Engracia Sigüenza: Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego
Una vez que lanzas al mundo un poema
y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a
transformarse.
Llega a mis manos El fuego del
mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza
Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una
entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta
que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído
este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren
porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El
fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas
muy logradas.
María Engracia Sigüenza nació en
Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la
especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en
psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la
orientación educativa.
Ha participado en libros colectivos
como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013)
También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas
en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine,
Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.
“Hay llamas que ni con el mar”,
escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por
título El 7 de septiembre.
María Engracia, observo en tu
poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.
Soy totalmente
consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la
historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte
y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en
los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel
y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque
soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos
ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a
los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier
libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói,
Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire,
Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En
cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield,
Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui
descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida
a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más
fácil.
Las que aparecen en mi
libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el
poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas
ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un
ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son
los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar
voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey
de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran
rebelarse de un destino marcado por los hombres.
Aunque El fuego del mar es un
libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte
como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.
Siempre he sido una
persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas
características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de
las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la
Muerte.
Y efectivamente del
amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte,
brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.
Dos rasgos que definen
mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y
mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo
está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que
existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte
es la gran paradoja porque también es generadora de vida.
Cuando pienso en la
muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando
realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan
fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este
libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La
mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea
y Atenea y las Musas.
lunes, 18 de junio de 2018
Acto de presentación de El fuego del mar
José Luis Zerón, Mª Engracia Sigüenza y Mateo Marco Amorós
Caen los versos / como polen /
sobre el estruendo del mundo. Son versos que cierran el sólido poemario de María Engracia Sigüenza Pacheco que
presentamos, titulado El fuego del mar,
editado por Celesta, prologado con acierto por José Luis Zerón Huguet.
Sobre el estruendo del mundo se
precipitan los versos.
Afortunadamente, tenemos que
añadir. Y caen como polen. Un polen terapéutico por impregnarnos de poesía en
este mundo excesivo de ruidos. Curándonos. Y como poesía fiel a la poesía, las
palabras nos sanan y salvan por preciosas y precisas. Palabras especialmente
necesarias en estos días en los que se consume una primavera húmeda y rara.
Primavera al cabo. Pero versos que también servirán para toda estación de la
vida con sus veranos cálidos y pesados. Con sus otoños de soledades y desnudeces.
Con sus inviernos fríos.
Los que somos y nos sentimos del
otoño nos veremos muy reflejados en un poema de El fuego del mar titulado "Otoño". Un magnífico poema,
para no obstante, como hemos dicho del poemario en general, para toda estación
de la vida.
Uno agradece esta polinización
poética –decíamos– que nos concilia con las palabras oportunas, explicativas de
los momentos eternos. Palabras preciosas y precisas –también hemos dicho–, necesarias
para decirnos lo esencial.
Esto es lo que uno, más lector
que poeta, humildemente pide a los versos. Precisión frente a nuestro hablar
cotidiano. Utilidad y tino frente al decir usual excesivamente tópico, decir
usual excesivamente convencional. Decir usual que por tópico y convencional,
resulta inútil para explicarnos lo fundamental, inservible para explicarnos a
nosotros mismos. Defectuoso para conocernos, para saber qué somos. No así las
palabras transformadas en poesía que nos trae María Engracia Sigüenza en su libro.
El fuego del mar se nos presenta en tres
fracciones: "El espíritu de Gea", "Atenea y las Musas" y
"La mirada de Cronos".
En la primera fracción –así lo
confiesa la autora– la naturaleza, la vida y el amor sugieren las
composiciones.
En la segunda, manda la inspiración
inducida por el arte, por las artes: la música, la literatura, la pintura... Es
esta sección, en gran parte, un honrado homenaje a los creadores. Leyéndola,
nos ha traído a la memoria –y salvemos las distancias que haya que salvar– la
magnífica obra de Daniel J. Boorstin
titulada, precisamente, Los creadores.
Al cabo somos herederos de todo lo precedente. Y lo precedente legatario de una
eternidad. Pero para llegar a este homenaje que rinde la poeta en "Atenea
y las Musas" es preciso desprenderse de vanidades y ver en el legado de
los demás, en lo que nos sugieren las sabidurías de los otros, las respuestas
que buscamos. Así, en esta segunda parte María
Engracia se desprende agradecida a sus "musas", en cada poema, en
cada verso.
El tercer apartado, aun teniendo
presente la inquisitiva e inevitable mirada de Cronos –del Tiempo y la muerte– resulta balsámico. Tiempo escrito
con mayúscula como en el poema "Crepúsculos". Escrito con mayúscula
como de pequeños nos enseñaron a escribir la palabra Dios. Dice la autora con
una ternura brutal, insisto con una ternura brutal, que son reflexiones sobre
el tiempo y la necesidad de reconciliarme con la muerte mirándola sin miedo en
los ojos de la vida.
Hemos dicho conscientemente
ternura brutal y lo hemos repetido y lo repetimos –ternura brutal– para jugar
como juega con sagacidad Sigüenza
Pacheco, en todo el libro, con conceptos opuestos. En ocasiones
aparentemente opuestos. Conceptos opuestos –oxímoron dicen los analistas del
lenguaje figurado– y también paradojas, que más que contrariar reafirman la
idea que pretenden transmitir:
—Aurora y ocaso.
—Vivir muriendo.
—Perdedores invictos.
—Caos del universo versus orden
de la vida.
—Fragilidad de los mortales
versus poder de los dioses.
—grito mudo
—Realidad o sueño, / certeza o
anhelo.
—Bálsamo o revulsivo / (...)
huracán que sosiega.
—la salud de los enfermos.
—"Los recuerdos del
porvenir".
—Heridas que curan.
O esa paradoja que cierra el
poema magistral y misterioso titulado "La visita", dedicado a su
hermana. Poema magistral y misterioso, insisto:
y regreso al mañana.
O el vivir muriendo. En
"Vivir".
Como en otro titulado "Tú y
yo" se enfrentan:
—vida y muerte
—dicha y pena
—sombra y luz.
Oxímoron y paradojas y más
paradojas, especialmente, en el titulado... "Paradojas":
(...) corazones de fuego /
creciendo en una tierra polar, / (...) palpitar de las flores / en los jardines
de hielo. // (...) crepúsculos
Conceptos aparentemente opuestos
pero que reafirman la idea que pretenden transmitir. Y concilian la diversidad.
Y la embellecen. Versos –recordamos– que caen como polen / sobre el estruendo
del mundo.
Afortunadamente.
Versos plenos de hermosuras.
Sirvan de ejemplo los escritos
en "Amor":
y el faro de la luna / iluminó
sus vidas.
O el que se escribe en
"Todo":
la explosión de sol de los
girasoles.
O...
tejeremos el tapiz sagrado del
recuerdo, que se dice al final del titulado "Luchas".
O... el gran piano del mar. Ésto
en el titulado "Euterpe".
O ese magnífico verso abierto
con el que termina "La Medusa":
Pero algunos días eran
luminosos...
Y qué decir de esos versos
finales del poema "Tu recuerdo" dedicado –como todo el libro– al
padre–:
Ahora debes alejarte, / debes
regresar / al fondo de mi alma.
lunes, 11 de junio de 2018
martes, 5 de junio de 2018
Publicación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza
Ha participado en libros colectivos, antologías y
exposiciones, publicado artículos y poemas en revistas como Cuadernos del
matemático, Opticks magazine, Las afinidades electivas, Frutos
del tiempo o minutocero.es, y resultado finalista y ganadora
en concursos literarios. Autora de varias obras inéditas, publica ahora su
primer libro, el poemario El fuego del mar.
miércoles, 23 de mayo de 2018
Publicación de El riesgo del juego de Domicio Proença
Domício
Proença Filho (Río de janeiro, Brasil, 1936) es doctor en Letras y profesor
emérito de la Universidad Federal Fluminense. Fue profesor titular convidado en
la Universidad de Colonia y en la Escuela de Altos Estudios de Aachen, en
Alemania. Es miembro de la Academia
Brasileña de Letras, de la que ha sido presidente, y de la Academia de Ciencias
de Lisboa. Además de poeta, es narrador, crítico literario, guionista y
animador de proyectos culturales.
Ha publicado
sesenta y ocho libros entre los que
cabe mencionar, en el ámbito del ensayo, A
linguagem literaria (1999), Estilos
de época na literatura (2002), Leitura
do texto, leitura do mundo (2017) y
Muitas linguas, uma língua (2017). En el
campo de la ficción, con traducciones al francés y al italiano, es destacable
la novela Capitu‒memórias póstumas (2005).
En el terreno poético ha publicado, entre otros, los poemarios Dionísio esfacelado: Quilombo dos Palmares (1984),
Oratório dos Inconfidentes (1989) y O risco do jogo (2013). Precisamente
este último libro –El riesgo del juego–
es el que ofrecemos aquí en la primera versión en español de un título de su
autor.
jueves, 5 de abril de 2018
Publicación de Tristezalegre de Francisco J. Blas Sánchez
Francisco J. Blas Sánchez (Orihuela, 1974), efectuó estudios técnicos, de informática, así como cursos en la UNED. Profesionalmente se ha dedicado a actividades comerciales y de técnico especialista, entre otras.
Ha colaborado con artículos en
revistas como La lucerna o Empireuma, y en el diario La
Verdad de Orihuela. También sus poemas han aparecido en revistas como La
buhardilla o Ágora y en el diario La
Verdad. Es autor de varios poemarios y libros narrativos inéditos,
siendo Tristezalegre su primer texto publicado.
martes, 27 de marzo de 2018
Reseña de Torno al corazón
La sala Cambio
de Sentido de Fundación ONCE ha
acogido hoy la presentación de ‘Torno al corazón’, un viaje al interior del
alma del poeta Federico Monroy, que canta desde el recuerdo al amor y a la
infancia.
Editado por
Celesta, el libro es el tercer poemario extenso de Monroy, un escritor sordo
nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz) en 1972, que ha colaborado en
diversas revistas literarias y organizado Duetos de Poesía y Música en varios
espacios.
Dado a conocer
recientemente en su pueblo natal, en un acto organizado por el Ayuntamiento, el
texto se ha presentado ahora en la Sala Cambio de Sentido de la sede de
Fundación ONCE en Madrid, donde ha contado con la participación de José Luis
Martínez Donoso, director general de Fundación ONCE; Mercè Luz, jefa del
Departamento de Cultura y Ocio de la misma entidad, y Rafael González,
responsable de la editorial Celesta. Además, el acto ha estado amenizado por la
actuación de la cantante Monica Monasterio y el guitarrista Horacio Loveccio.
Tras ‘Postales
póstumas’, ‘Doblaje (2008)’ y ‘La lengua de los ciegos’, editado por Fundación
ONCE en 2010, llega ‘Torno al corazón’, un libro que cuenta y canta “con voz
calmada y rigurosa” al amor y a la infancia, bajo el hilo conductor del
recuerdo, plasmado en la imagen de la madre muerta.
El texto es, a
juicio de Pedro Sevilla, poeta paisano de Federico Monroy, “un libro de
erudición pero de temblor, que trata de adoptar cierta frialdad (…), pero que
sucumbe, afortunadamente, a la emoción”.
Es un poemario
que, en palabras de su propio autor, “tiene como referente fundamental al
corazón –elemento único e insustituible-, entendido como sentimiento. Es una
búsqueda a través de la infancia y el recuerdo, a través de la religión y la
mitología, la vida y la muerte”.
Federico
Monroy (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1972) es diplomado en Graduado Social y
licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad
Complutense. Trabaja en ILUNION desde
2006, en Madrid, y además de poemas, escribe artículos en revistas de ámbito
nacional.martes, 20 de marzo de 2018
Reseña de Cruzar puertas traseras
Reseña en Diario de improvisaciones
Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita
en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos,
los proyectos o, incluso, las ilusiones, nos constituyen.
Las
palabras que ilustran la contraportada balizan la situación que nos
encontraremos cuando la ruta de la lectura de este libro nos derive a la
tormenta.
Cruzar puertas traseras no es un huir de los hechos principales que catalogan
la existencia. De hecho, es un afrontar la realidad onírica que marca el tercio
de varas con el que nos castiga la vida. No, no huye el poeta de su viaje:
descubre su rostro para dejar que lo golpee la rabia de lo cotidiano.
Cruzar puertas traseras es un libro maduro, real. Cincelado a golpe de recorrer etapas que nunca se dan por perdidas, de respiraciones asfixiantes que nunca ahogan porque se puede con/contra ellas.
No hay que mostrar, se lee en Rafael: hay que sugerir. Hay que bucear dentro de sus letras para llegar al fondo de sus sentimientos y aguantar la apnea en unas imágenes que oxigenan a pesar del efecto de angustia que traza en pinceladas.
Cruzar puertas traseras es un libro maduro, real. Cincelado a golpe de recorrer etapas que nunca se dan por perdidas, de respiraciones asfixiantes que nunca ahogan porque se puede con/contra ellas.
No hay que mostrar, se lee en Rafael: hay que sugerir. Hay que bucear dentro de sus letras para llegar al fondo de sus sentimientos y aguantar la apnea en unas imágenes que oxigenan a pesar del efecto de angustia que traza en pinceladas.
Ventanas entornadas, Alcobas
paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros. Cuatro partes
adjetivadas que catalogan un todo con la sutileza de un pintor de miniaturas,
delineando, milímetro a milímetro, las ojeras de un héroe diminuto. Héroe
cotidiano que habita moradas internas y vive en metáforas que, a veces, no son
bellas ni ideales.
Acecho
Desde aquí,
donde átomos invisibles generan
una red de transparencias,
observas un afuera
que no es sino un espacio
de interiores desterrado.
Y desde ese universo
te responde tu propia mirada,
convertida ya en simulacro
de pupilas ajenas
que se deslizan sinuosas
y fugaces por la frontera
de una calle;
la misma
que te reta a descifrarla.
La calle, la acera, la alcoba, la puerta, las paredes, el tabique, la ventana, las escaleras, el portal...
Los elementos cotidianos de un edificio son las mantas que nos cubren, la piel que nos cobija, los pasos que nos llevan y el camino que afrontamos.
En la
superficie: el personaje, el amor y la soledad (aunque sea multitudinaria).
En el
fondo: un excelente libro de una nueva etapa.
En lo
profundo: el poeta desnudo.
En todo:
la palabra y la imagen.
Te delata tu olor:
un estigma de cloro
y fibra lacaya.
La herrumbre te acusa
en un aquelarre
de pasado y deshonor,
y un tesoro de polvo
seduce a las acuarelas de
las flores marchitas.
Eres la esencia de
los colores fenecidos y
de las frecuencias
disipadas en rumores.
un estigma de cloro
y fibra lacaya.
La herrumbre te acusa
en un aquelarre
de pasado y deshonor,
y un tesoro de polvo
seduce a las acuarelas de
las flores marchitas.
Eres la esencia de
los colores fenecidos y
de las frecuencias
disipadas en rumores.
martes, 13 de marzo de 2018
Presentación de Torno al corazón
Rafael González y Federico Monroy
“Amo la vida con
saber que es muerte” nos dejó escrito Quevedo, y esta cita se me viene a la
memoria después de la lectura de “Torno al corazón”, el libro que, lector, te
dispones a leer, un libro de erudición pero de temblor, un libro que trata de
adoptar cierta frialdad –la frialdad del que sabe soportar sin alharacas los
desmanes del tiempo- pero que sucumbe, afortunadamente, a la emoción.
La muerte, motor de la vida, campea
derrotada entre estos poemas donde la vida se señorea en los brazos del tiempo,
que es a la vez su hábitat y su tumba. No hay otra manera de vivir que no sea muriendo
constantemente, y lejos de sucumbir a esta pérdida insoslayable, la poesía de
Federico se eleva plena de sentido, de argumento contra la desazón.
El recuerdo –la madre muerta, al
fondo, velada, como hilo conductor del libro-, el amor, la infancia, aparecen
aquí contados y cantados con la voz calmada y rigurosa de la buena poesía. Voz
calmada y rigurosa, dos adjetivos que explican muy bien a Federico Monroy.
Muchos cafés en el Parador Nacional de nuestro pueblo, mirando al horizonte
desde la Peña altiva, han ahondado en nuestra amistad hecha de versos y
recuerdos comunes.
Recuerdos que usted puede ahora
leer, embellecidos por la palabra y donde podrá asomarse, con ternura y
temblor, al corazón de un poeta.
Pedro Sevilla
Federico durante la lectura
martes, 20 de febrero de 2018
Reseña de La mirada perdida
Reseña en Frutos del Tiempo (7/02/2018)
La mirada perdida, de Alejandro López Pomares:
el interior de una historia. Por Javier Puig
No, no se puede leer esta novela como cualquier otra. Aceptemos prescindir
de las amplias perspectivas, de las ubicaciones claras en el gran espacio de
los acontecimientos mundanos. La magnífica prosa se sustenta en la búsqueda de
lo poético, retuerce los vislumbres de la realidad hasta encontrar una
significación secreta. Se hace necesario que el lector atienda este relato muy
despierto. Los personajes transitan los escenarios de la vida desde una especie
de sonambulismo que remite a las ensoñaciones que persiguen. Son vagamente
reflexivos y se sienten extraños ante esa frágil conjunción de su interior con
el mundo. Permanecen perplejos ante el ineluctable orden de la vida, inseguros
de sus reafirmaciones.
La narración se desarrolla con atrevimiento, sin renunciar
a los pasos inauditos, pero no se embriaga de osadías inútiles. Las descripciones
del mundo exterior se limitan a los recovecos del espacio aparentemente común
en los que se refleja el alma que los mira. El libro empieza con fragmentos que
llevan el título de los anónimos personajes que lo integran: el joven, el niño,
la mujer, el hombre, el anciano. En sus reapariciones, no es fácil
reconocerlos. No hay necesidad de incidir en las constantes más evidentes.
Apenas se abre el foco más allá de sus absorbentes y pequeñas continuaciones,
de su intenso presente, y no alcanzamos a ver toda la amplitud de su biografía
emocional. Lo importante aquí no es la rigurosa configuración de una
personalidad, sino la extendida efusión de una esencia. Estos cortos capítulos
podrían ser unos microcuentos muy precisos, escuetamente iluminadores, infinitos
en su centro.
Los personajes no pretenden su estricta realidad sino tan solo ser
fidedignas representaciones de una peculiar forma de sentir la vida. Hay un
vuelco hacia la búsqueda del interior del instante, de indagación del tiempo
que se vive, de íntima percepción de la vida, de persecución de una cerrada y
mínima relación frente a la mayúscula existencia. Y para ello buscan una
posición inédita ante un entorno abrumador, una perspectiva que los salve de la
banalidad y los acerque al misterio de aquella parte de la conciencia que
atiende la conexión decisiva. Y lo que sienten es siempre enigmático, es lo que
se deriva del implacable contacto entre el ser y la frontera que nos sugiere
paisajes del más allá habitados por seres inabordablemente ajenos.
La mirada perdida es un relato audaz, hecho de pura literatura, capaz de
crear un clima que nos envuelve en los sucesos más recónditos de un mundo
apenas abierto al exterior sino a través de sutiles conexiones. Es un libro que
requiere de la atenta participación del lector, de su mirada alerta. A través
del dominio de una prosa minuciosa, se desarrolla una narración íntima,
intensamente apartada de las pautas de la cotidianidad más homologable. La
sucesión de los momentos interiores es descrita desde una sólida ingravidez. Es
este un libro que, como los buenos de poesía, nos invita a empezarlo de nuevo,
a no abandonar esa cadencia que nos ha incluido en un sesgo del mundo que no
habíamos hollado pero que en nada nos debe resultar ajeno.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Publicación de Torno al corazón de Federico Monroy
Federico
Monroy (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1972) es diplomado en Graduado Social y
licenciado en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad
Complutense. Trabaja en el Grupo Ilunion de la Fundación ONCE, desde el año
2006, en Madrid.
Tiene publicada una plaquette, Postales Póstumas; está incluido en la antología 23 poetas y un DNI. En 2008 edita su primer poemario, Doblaje. Su segundo libro de poemas, La lengua de los ciegos, sale en 2010. Ahora ve la luz su tercer poemario extenso, Torno al corazón. Ha colaborado en diversas revistas literarias y organizado Duetos de Poesía y Música en diversos espacios.
Tiene publicada una plaquette, Postales Póstumas; está incluido en la antología 23 poetas y un DNI. En 2008 edita su primer poemario, Doblaje. Su segundo libro de poemas, La lengua de los ciegos, sale en 2010. Ahora ve la luz su tercer poemario extenso, Torno al corazón. Ha colaborado en diversas revistas literarias y organizado Duetos de Poesía y Música en diversos espacios.
martes, 13 de febrero de 2018
Reseña de La mirada perdida
Reseña en Frutos del tiempo (7/02/2018)
Alejandro López Pomares presentó en Orihuela su primera novela, por Ada Soriano
El pasado 1 de febrero se presentó la ópera prima de Alejandro López Pomares; una novela que lleva por título La mirada perdida y que acaba de ser editada por Celesta, (Colección Letra Aleph, Madrid, 2017), bajo la dirección del poeta y escritor Rafael González.
Una vez más, la librería Códex fue escenario de tal evento, en el que se dieron cita escritores, familiares y amigos del autor. El acto fue presentado por el poeta José Luis Zerón, quien manifestó su satisfacción al tratarse, en este caso, de la novela de un amigo y ser esta su primera obra publicada.
Zerón indicó en su discurso que es una novela compleja y que no posee una línea argumental definida. Por ello aconsejó leerla desde la perspectiva de la estética y la voluntad. Aclaró asimismo que, al no poseer trama temporal, queda lejos de la novela clásica. Explicó que La mirada perdida consta de tres partes reales, aunque estructuralmente se aprecian solo dos: “La primera es una narración en tercera persona, con superposición de planos y personajes entrecruzados, y la segunda está narrada en primera persona, y se trata de fragmentos de diarios en las que interactúan lector y escritor”.
Igualmente destacó la alternancia entre naturaleza y ciudad, a pesar de que el autor se implica más en el paisaje, que confiere a la obra una honda textura lírica. “De este modo la novela podría leerse como un conjunto de prosas poéticas”.
Sensualidad, experimentalismo y cierto misterio para una novela que, según Zerón, puede calificarse de poliédrica por los distintos matices y lecturas que ofrece y porque entronca con la tradición vanguardista: desde Las olas de Virginia Woolf y el Ulises de Joyce, pasando por Le Nouveau Roman y El Constructivismo, hasta autores contemporáneos como Agustín Fernández Mayo.
Tras la presentación, escuchamos las palabras de Alejandro López Pomares, quien nos hizo cómplices de sus sentimientos: “Revelar el secreto de que he escrito un libro me resulta más difícil que el hecho de escribir”.
Afirmó que su novela no da la apariencia de poseer un argumento, pero que él sí piensa que existe una trama, aunque esté fragmentada y disuelta, y que su intención es transmitir otra forma de lectura, es decir, leer con empeño: “Lo que en un principio podría haberse quedado en un conjunto de relatos escritos en un cuaderno de campo, acabó convirtiéndose en una novela ya que, al volver a leerlos, vi algo distinto; algo que me llevó a plantearme reescribirlos, pero eso sí, respetando la estructura inicial. Mi deseo era potenciar la confusión que se forja a partir de la fragmentación y, por tanto, sí hay una intencionalidad en mi novela”.
Como buen observador, comentó que “cuanto más sabemos, más grande es la confusión del mundo en que vivimos, debido a un exceso de acumulación de detalles, y que el mundo se nos hace así más incomprensible”.
El autor, tras transmitir con honestidad y desparpajo sus experiencias vividas con respecto a la elaboración de esta singular novela donde, según sus palabras, hay soledad, nostalgia y tiempo (sobre todo, tiempo), los asistentes le correspondieron con un fuerte y sentido aplauso.
Ada Soriano
domingo, 4 de febrero de 2018
Acto de presentación de La mirada perdida
José Luis Zerón Huguet y Alejandro López Pomares
La madrileña editorial Celesta ha publicado en su colección Letra Alef La mirada perdida, opera prima de Alejandro López Pomares
(Orihuela, 1983), novela hermosa y arriesgada por su complejidad estructural y
la ausencia de un argumento definido, sujeta a una multiplicidad de contextos y
personajes que se cruzan y al uso de planos superpuestos y yuxtapuestos en
texturas poéticas fragmentadas. Se hace difícil (diría imposible) apreciar esta
novela si se trata de leerla como un texto lineal con su presentación, nudo y
desenlace. No tiene nada que ver con las novelas más premiadas y reconocidas
que exploran el terreno del realismo más estricto, la temática histórica o el
paisaje fantástico próximo al boom del realismo mágico.
La
mirada perdida es una nouvelle de
poco más de cien páginas vinculada a la narrativa vanguardista. La deflagración
de la estructura novelística no es un recurso nuevo. El uso del perspectivismo
a través de soliloquios, flujos de conciencia, digresiones, diversos planos
narrativos y de tramas, atemporalidad ficcional, etc., causará estupor y hasta
rechazo en el novelista convencional o en el mero lector aficionado a la
narrativa de ficción; pero no le resultará extraño a quien esté iniciado en la
mecánica de la narración experimental. La
mirada perdida está próxima a la escritura intrincada y especular de Borges
y a la narrativa lírica y preconsciente de Las
olas, de Virginia Woolf, y es igualmente cercana a la innovación cortazariana
de Rayuela o El libro de Manuel, a la escritura introspectiva y metalingüística
del Nouveau Roman (Alain
Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simón, Michel Butor, etc,), al
fragmentarismo lírico de Agustín Fernández Mallo, al experimentalismo radical
de Thomas Pynchon y al lenguaje cinematográfico onírico de David Lynch, o el de
las tramas paralelas de Paul Thomas Anderson. Entronca asimismo con las
características del constructivismo: dejar abierto el texto para que el lector
lo rescriba con sus interpretaciones, ya que el argumento como tal no existe. El
protagonista sería el discurso mismo. En este caso la lectura es una actividad
constructiva compleja que se realiza al mismo tiempo en diferentes niveles de
captación y percepción.
José Luis Zerón Huguet
El pasado jueves 1 de febrero el autor y quien esto
escribe, presentamos La mirada perdida
en la librería Códex de Orihuela. Con la intención de reproducir lo que ambos
dijimos en el acto de presentación nace esta entrevista.
Alejandro, has
escrito una primera novela arriesgada y difícil de explicar a quien quiera
saber de qué trata. Una lectura poco atenta de tu libro puede hacer creer al
lector que hay dos historias inconexas: la primera una serie de fragmentos
escritos en tercera persona protagonizados por personajes misteriosos,
arquetípicos, que carecen de nombre propio (el hombre, la mujer, el niño, el
anciano…) y la segunda unas memorias narradas en primea persona: pero si leemos
con atención descubrimos que hay pasadizos ocultos que conectan una y otra. ¿Cuál
es el argumento de la novela? ¿Incluye algún misterio o razón oculta?
La mirada perdida
es una novela de trama fragmentada, o más todavía, diluida, que persigue desesperadamente
la implicación del lector en la creación de la obra. Es una necesidad que se
hace patente ante la ausencia aparente de referentes a lo largo de los
capítulos. Los personajes viven su propio tiempo quedando ligados a las
sensaciones y al recuerdo, por el cruce entre sus vidas, por el esplendor del
instante. Reescribiendo así los espacios en blanco que, incluso, ellos mismos
tienen.
Un anciano en su mecedora, un niño
huyendo de sus miedos, la sorpresa, una chica y su mirada, un hombre
autoexculpado, una mujer y el abandono de recorrer diariamente sus propios
pasos. El paisaje. Y más allá el lenguaje, la estética, los sonidos y el
silencio, la nostalgia en la piel, la rabia contenida, la soledad, el pulso de
la lírica y una percepción del tiempo que nos rodea y nos devuelve antiguas
miradas a los ojos. Los nervios anclados a la tierra, el agua como símbolo, un
banco en el que todo se detiene, y un recuerdo que proviene de otro recuerdo y
que, en cierto modo, ha perdido su origen, pero que todavía nos permite
soportar este ritmo frenético que discurre por encima y nos diluye.
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