Rafael González, José Luis Nieto y Francisco Caro
En alguno de
aquellos jueves florentinos del siglo XIV, en aquellas horas primeras de la
tarde, cuenta Massimo Novello que Boccaccio de Certaldo les dijo que el
trabajo del poeta semeja al de un arqueólogo, ya que el libro de la vida fue
destruido por los dioses en multitud de pedazos, que fue Hermes el encargado de
repartir los fragmentos (aprovechando vendavales) por caminos y arroyos, por
bosques y marinas; que desde entonces los hombres intentan recopilar retazos,
palabras, con que reconstruirlo. Que algunos no cesan en esa labor, y se llaman
a sí mismos, o son llamados, poetas, y que a pesar que cada pieza significa
algo distinto para cada uno de ellos, en ocasiones parecen encontrar sentido a
lo que con afán recomponen y a eso le llaman verdad, o le llaman belleza, o le
llaman poemas. Tal es la maravilla, tal la imposible e inalcanzable tarea que
los dioses dejaron, nos dejaron, y que ha encandilado y encandila a gentes de
cualquier latitud.
También
sucede que en estas tardes madrileñas de principios del siglo XXI, hay gentes
que siguen la tarea, bien bajo el olivo sacro, bien a través de los cristales
que doman las oficinas. Y como esa búsqueda no está exenta de dificultades, o
de extravíos, deciden anotar en papeles electrónicos los miedos, los obstáculos,
las contradicciones de tal búsqueda. Y optan por hacerlo público, por contarlo
a los demás. O sea, fijar las cuartillas con chinchetas a la pantalla universal
que es un blog. Tal es el caso de José Luis Nieto Aranda, poeta a tiempo real,
compañero de búsquedas, quiero decir rastreador de sorpresas y emociones,
reconstructor. José Luis mantiene, como bien sabéis, abierto a nuestros ojos un
mural con el título de Diario de improvisaciones. Dietario íntimo, casi diario.
¿Dietario? ¿diario? No es el caso detenernos en las escolásticas diferencias
entre ambos términos. Y que, por si a alguien le interesa, se refieren a la
influencia que las provocaciones exteriores tienen en su génesis, al origen de
los textos y a su voluntad de publicidad. Llámese como se llame. Dietario o
Diario, digamos pronto que José Luis, cuando lo escribe, escribe de él, de su
persona, escribe porque le es necesario, y escribe de poesía.
Escribir
poesía significa cruzar los bosques, no temer a las fieras, que dijo el de
Yepes, sentir, imaginar rincones en esquinas, nubes tras cada nube…
caminar desde lo concreto a lo abstracto cada mañana, y cada tarde regresar por
la inducción hacia la exactitud que nos duele. Andar pausadamente el filo y la
humildad de lo no hallado. Así ha logrado José Luis reconstruir poemas,
atendiendo a los síntomas que muestra la realidad, su realidad. No para curar,
no para informar, no para lograr comprender lo que le pasa sino para hablar con
aquello que le ocurre y jamás le abandona. En esta labor se sabe frágil, en
sabida deriva, un pequeño objeto de cristal entre urbanas multitudes. Tal vez
por eso decidió un 22 de mayo de 2009 refundarse en ese alter ego que llama
Boris Lubernieff.
José Luis ha
querido fijar en el texto que abre el libro el retrato de Boris Lubernieff, su
retrato, un retrato expresionista a la manera de Kirchner o
Kokoschka, paisaje de trazos fuertes, distorsionados, certeros, de
forzados colores y con la luz desierta. Luego en los siguientes textos del
libro que nos ocupa, que hoy presentamos, nos ofrece el escenario sentimental
que guarda, ilumina y protege su intención. Dicen que además del lenguaje, son
el paisaje y el hombre quienes hacen al poeta. Y su curiosidad
intelectual. Quienes esto afirman pueden tomar a Diario de improvisaciones como
paradigma para la defensa de tal afirmación. Con su lectura he recordado los
versos de otro José Luis, de José Luis Hidalgo “Soy el poeta. Me
pregunto: / ¿qué es lo que anoche sentí arder”. Porque creo que es lo mismo que
debe haberse preguntado el hombre llamado José Luis Nieto antes de cada
entrega. Textos que no pueden haber sido escrito sin esa tensión existencial,
sin esos desasosiegos que aspiran -tras haberse visto fuego, turbia caniza- a
su reconstrucción para poder ser reconocidos. Una hora, un viaje, un lugar, una
acción, ellos, la soledad, una fotografía, la certeza segura de la noche, la
presentida ruptura, inexplicada,... el rostro niño de una hija, un temblor en
la mano de la madre. Cualquier sensación, cualquier destello, abre cualquiera o
todas las posibilidades a su voz. Voz de vientre que no es sino
advertencia.
Advierte A.
Céspedes que no se debe salir de la poesía indemne, estoy con él, pero leyendo
este Diario de improvisaciones puedo decir que no es posible entrar en ella sin
saber del daño. ¿Qué impoluto, qué estéril, puede crear auténtica poesía? Tal
vez ni siquiera sea posible transitarla sin haber sido sacudido antes por todo
aquello que la vida tiene de hija de la gran puta, por todo lo que tiene de
señuelo, de canción de sirena, de mazo y látigo, de río de misterios que nos
incita a contar mientras escépticamente se vadea.
José Luis
Nieto intuye: Boris, su heterónimo, sabe todo esto. Desde tiempo. Y por eso
espera en todo cuanto tiene el día de himno o de afán agresor, de excitación
salvaje o vituperio, de bandera rizada o de abandono. Y advierte que cada
instante de vida hallado está teñido de futura inquietud, de la posibilidad de
que tal situación carezca de firmeza y que lo construido sobre ello sea la
profecía de otro derrumbe. Y es entonces cuando cuenta. Cuenta con un discurso
riguroso, duro, casi siempre teñido por el color indestructible de la tristeza.
Una tristeza en estado puro. Ni melancólica ni desesperanzada. En el exacto
grado de destilación. Una tristeza que es siempre refugio invulnerable. Coraza
y método. Verdad. Una forma decidida de conciencia que busca compresión. Y
desde ella alza su poema, ahora, en esta ocasión, libre de la esclavitud del
renglón segmentado, libre de una atadura que en ocasiones procura cierta
tirantez al decir. Aquí todo fluye sin amo. La tinta es dueña de su cauce y
rodea a la elipsis, su figura preferida, con la misma naturalidad y el mismo
albedrío con que el agua recorre ahora mi llanura manchega.
Apenas acude
a la descripción de lo externo, salvo lo imprescindible para que podamos
identificar cada fragmento del libro de los dioses que le ocupa. Luego, cada
reconstrucción es un tanteo. Una oferta al Boris que mira por la ventana. Y lee
y exige. O lee y tutea. Cada texto es un oferta y un desafío al que lee con él
-es peligroso leerse a sí mismo-, al que sube a diario en su moto, al que ama y
es norte, al que duda, al joven que se recuerda feliz y entero, al que bebe y
provoca, al provocado, al que invierte efecto y causa, causa con efecto, y sabe
que es indiferente en ocasiones. Y porque toda definición es un intento de
establecer límites, de excluir, de parcelar, en los monólogos público-privados
de este Diario de improvisaciones definirse es asunto que descansa en la suma
de las emociones. Léanlo al azar, léanlo de forma continuada, como deseen,
pero, lectores activos, como son los lectores de poesía, pronto aceptarán que
el paisaje está trazado, que tiene más de poliedro irregular que de esfera, y
que cada poema es una digresión independiente, aunque sean parte de un mismo
haz. Y el haz no es sino el lento recorrido por un intenso territorio interior.
Un deambular que busca puerto, solaz, descanso en la posada.
José Luis, y
el lector avisado, saben de lo incierto que resultan los rumbos en parajes
desolados, saben de la fragilidad de los hitos y de la ambigüedad de las
señales. Porque la vida, como la poesía, no son realidades manejables. Vivir,
escribir son dos verbos impuestos a cuchillo. Significan rastrear, reconstruir.
Rastrearnos, reconstruirnos. Lo último que vivo es escribir, dicen que dijo
Boris a José Luis para finalizar Rastros perdidos, su anterior libro. Aquí y
ahora, 4 de abril, en este nuevo libro, José Luis mantiene la misma oferta, la
que nos ha hecho durante años en su ventana virtual. La que nos hace ahora:
depurada, seleccionada, concentrada en papel, en libro fulminante. Lo último
que vivo es escribir.
Digamos,
para finalizar, que el poeta ha publicado con anterioridad dos poemarios Un
tiempo de adiós y Rastros perdidos y tiene otro pendiente y próximo: Cuadros
sin colgar, del cual viene dando ligeras pistas. Pero ahora, Celesta, la joven
editorial que dirige y mantiene Rafael González Serrano, ha hecho apuesta por
este Diario de improvisaciones, del que advierte, en nota de editor, que no
debe ser tildado de esa cosa ¿meliflua? que ha convenido en llamarse prosa
poética. Habrán visto ustedes que no lo he hecho. Y no hay en ello pasiva
obediencia. La verdadera razón es que he leído lo que el editor entiende por
poesía, y créanme que algo sabe de esto, lean si no los estudios sobre poetas
foráneos que vierte en De turbio en claro, su blog. Si miran la
contracubierta encontrarán que para el editor es poesía todo aquello expresado
con nervio, hondura, agudeza y un lenguaje iluminado y fronterizo.
Oyéndonos, ¿estaría contento esta tarde de abril Boccaccio de Certaldo mi
maestro, al que nombré al comenzar? Un Boccaccio que, eso sí, me
advertiría de la necesidad, como hago, de darles a ambos las gracias por haberme
permitido la alegría de estar, de contar. Vale.
Francisco Caro